Educación sexual y afectividad

La dimensión sexual de la persona es clave en el desarrollo humano. La educación de la sexualidad debe ser sólo una parte de una educación en la afectividad y en el amor; ha de incidir también en la afectividad y ayudar a formar la intimidad de la persona, por eso es un derecho inalienable de los padres, es competencia de las familias y no del Estado.

Educar es convertir a alguien en persona más libre e independiente, con más criterio, por eso toda educación positiva humaniza y libera al hombre llenándolo de amor. Los padres siempre han de educar en y para la libertad enseñando a sus hijos a dominar y ser dueños de la propia sexualidad, gobernándola con amor, para entregarla a otra persona, a través de una donación comprometida.

La verdadera educación consiste en instruir, formar, guiar, sacar lo mejor que hay dentro de una persona para hacerla más dueña de sí misma. La educación afectivo sexual consiste en la consecución de un conocimiento adecuado de lo que es la sexualidad, desde su desarrollo hasta la culminación del encuentro físico entre un hombre y una mujer, que apunta hacia la madurez psicológica y la plenitud de la persona, en el marco de lo que debe ser la dignidad humana. Ese conocimiento no descuida ningún aspecto del hombre: va del plano físico a los aspectos psicológicos, sociales y culturales, pasando por lo espiritual y el entorno en donde éste se desarrolla.

Los padres no deben hacer dejación de sus responsabilidades en la educación afectivo sexual de sus hijos. Las familias están moralmente obligadas ante los niños a formarse en este terreno para buscar el bien de los hijos y las autoridades públicas deben favorecer esta formación de los padres, promoviendo los centros públicos y privados que la faciliten. El éxito de la educación consiste en proporcionar un conocimiento equilibrado de uno mismo y de la realidad, promoviendo una adecuada jerarquía de valores. La educación sexual fracasa cuando sólo es información técnica y cuando hay un claro desajuste o una falta de armonía en lo que se enseña.

Al tocar un ámbito en el que existen amplias y sanas diferencias de opiniones en la sociedad, el Estado no debe imponer un único modelo de educación sexual, y en ningún caso debe facilitar este tipo de formación a los menores sin el expreso consentimiento de los padres, y mucho menos en contra de los valores afectivo sexuales que los padres desean transmitir en familia.