Compromiso

¿Cuál es la primera acepción, de entre todas las que posee esta palabra, que nos viene a la cabeza cuando la escuchamos? Esta pregunta no posee una respuesta correcta, sino subjetiva. Para hablar de todos y cada uno de los significados del compromiso necesitaríamos mucho más que un pequeño artículo, sin duda. Para no marear al lector con divagaciones, aclararé que pretendo hablar del compromiso en su forma más básica, por lo que citaré la primera acepción recogida en el diccionario de la Real Academia Española: “Obligación contraída”.

A simple vista, la palabra compromiso parece un delicado eufemismo que encubre obligación, comúnmente interpretada como algo malo, molesto, que nos aparta de la libertad y nos ata a una promesa, ¿nos asusta comprometernos? Podríamos decir que sí.

El compromiso con una causa o una persona implica a menudo un riesgo para nosotros, nos vemos atrapados. Nunca nos hemos parado a pensar en lo que siente la persona o el conjunto de personas que ha obtenido de nosotros la promesa del compromiso. Quizá, si frenásemos por un momento el caótico ritmo de nuestras vidas, podríamos percibir una de las sensaciones más hermosas derivadas del compromiso. Me refiero a esa sensación tan básica que hace que el ser humano se sienta parte de algo más grande, y es el sentir que alguien le necesita. Seríamos capaces de apreciar la belleza del momento en el que alguien suspira de alivio porque tiene nuestra palabra.

A lo largo de la historia, las culturas han considerado las promesas y el compromiso como algo sagrado, desde los caballeros europeos a los guerreros samurái. Por todos es conocido el rígido código de honor bajo el que vivían estos famosos guerreros orientales, basado en siete caminos. No uno, sino dos de esos caminos hacen referencia en mayor o menor medida al compromiso, hablo de la sinceridad (makoto 誠) y la lealtad (chuugi 忠義). Ambos hacen hincapié en que no hay diferencia entre prometer que se hará algo y hacerlo, que ambas cosas son lo mismo y uno debe enorgullecerse de ellas.

Con todo, puede que no seamos muy empáticos y necesitemos otro aliciente para llegar a comprometernos con una causa. En este caso, ¿por qué no centrarnos en la satisfacción de hallar cumplida una tarea, una promesa? Ya sea un compromiso de caridad, voluntariado, trabajo o incluso amistad, todas tienen en común el regalo de la satisfacción final. Sintámonos necesitados por alguien, sintamos que nuestra presencia sirve para cambiar algo.

Para terminar, me gustaría aunar estas reflexiones en una sola: hagamos del compromiso algo positivo. Cada persona conoce sus límites y también los de sus promesas, pero ayudémonos a encontrar pasión en el compromiso con nuestro vecino, con los que sufren y con los que no. Comprometámonos con nuestras creencias y llevémoslas hasta el final. Siempre haremos bien en comprometernos y trabajar por hacer que las cosas mejoren, porque incluso si el resultado no es el esperado, siempre es mejor que ser víctima del miedo a intentarlo.

Artículo de Silvia Sastre, estudiante de Publicidad y RRPP en la Universidad Rey Juan Carlos.

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