La disolución del concepto de familia (I)

manipulation5El tema que se nos propone en esta mesa redonda es “la disolución del concepto de familia”. Agradezco la ocasión que se me ofrece de hablar de esta materia pues el diagnóstico sobre qué le pasa hoy a la familia subyace a todas las actividades e iniciativas del Foro de la Familia, la entidad que me honro en presidir en estos momentos; y, por ello, hablar de los problemas actuales de la familia me permitirá también compartir con ustedes el espíritu de esta institución que me atrevo a calificar como la mayor movilización social en defensa de la familia en la Europa de nuestros días. Tras compartir con ustedes mi diagnóstico sobre la familia hoy, me atreveré a hacer algunas consideraciones sobre cómo superar los problemas para hacer familia que deben afrontar los hombres de hoy.

Con referencia al título que enmarca esta mesa redonda – la disolución del concepto de familia- debo decirles que en mi opinión la disolución actual del concepto de familia, realidad innegable, no es un  fenómeno primario, sino secundario. Me da la sensación de que el problema singular de nuestra época, lo que caracteriza a nuestra época como señal distintiva respecto a cualquier otra época precedente, es que estamos siendo testigos de un proyecto  de  disolución del hombre, un proyecto de reconstrucción de lo humano sobre bases ideológicas ajenas a la naturaleza de las cosas. Puede sonar fuerte o apocalíptico decir esto, pero una atenta observación de la realidad indica –a mi entender- que ésta es la clave radical de nuestra época; época difícil de entender para nuestros contemporáneos en esta su dimensión radical última pues carecemos de precedentes de algo similar en la historia pasada.

Me da la sensación de que el gran problema de nuestra época es que una gran parte de nuestros contemporáneos no tienen ni la más remota idea de en qué consiste ser un ser humano; y este es un problema muy serio, obviamente. ¿Y por qué una gran parte de nuestros contemporáneos no saben en qué consiste ser  un ser humano? Porque una gran parte de nuestros contemporáneos se han desarraigado intelectual y moralmente de la mejor tradición humanista de Occidente, ésa que nos ha permitido ir profundizando s1bbdurante siglos, con aciertos y errores, pero en clave cada vez más constructiva, en un conocimiento cierto sobre lo humano, que no es tan fácil, dicho sea de paso, porque, entre otras cosas, para conocer al ser humano hay que creer que el ser humano consiste en algo, que el ser humano tiene una naturaleza, que existe la naturaleza humana. Si fuésemos un fenómeno individual, meramente de tipo físico-químico, fruto de una evolución ciega y caótica, no seriamos comprensibles. Lo absolutamente singular no es definible, como nos enseña la vieja –y acertada- lógica de Aristóteles.

Por eso me parece muy acertado traer a este debate la memoria de Ockam, como ha hecho el ponente anterior, Ignacio Sánchez Cámara. Me parece que la gran crisis intelectual de Occidente en que todavía vivimos empieza con el nominalismo, con la extraña rebelión frente a la razón que encarnan el voluntarismo y el nominalismo que afloran en el siglo XIV. En ese siglo, con una estúpida soberbia que me cuesta entender, algunas personas empezaron a dudar sobre el carácter razonable del mundo tal y como era contemplado por la síntesis tomista, ese monumento de fe en la razón tan mal entendido y pronto olvidado. Los adalides de la rebelión frente a la razón en ese siglo XIV  pensaron -¿por qué?, ¡gran misterio!- que el mundo no es razonable y que por tanto no podemos definirlo con conceptos y categorías generales; que sólo existe lo individual; que las palabras que designan lo colectivo, lo común, son flatum vocis, – así dice Ockam-, palabras sin contenido, vacías. Ahí empieza el gran problema de nuestros días: la desconfianza en la consistencia razonable de todo lo existente, la desconfianza en la capacidad de la  razón para conocer con certeza la consistencia real de lo existente, la duda sobre la verdad de los universales, de los conceptos que describen lo común a todos los individuos, la desconfianza hacia los conceptos que describen la realidad tal y como es.

De esa desconfianza en el carácter razonable de lo existente al subjetivismo contemporáneo, al relativismo ambiente, hay pocos pasos. Duda metódica cartesiana, idealismo kantiano, empirismo epistemológico, materialismo marxista o economicista, evolucionismo ideológico, estructuralismo, cientificismo,..son nombres o etapas de un mismo proceso: el abandono de la fe en el carácter razonable del mundo por su condición de pensado y creado, de querido.

El gran problema de nuestra época es la autoimpuesta incapacidad de muchos de nosotros para entender lo humano. Conocer lo humano, admitir que es cognoscible, que uno puede llegar a conocer en qué consiste ser un ser humano, presupone un acto de fe; un s2bbacto de fe en, por otra parte, lo evidente. Para ser humanista  no se nos exige una fe en lo desconocido, sino en lo evidente; pero a veces lo evidente nos resulta confuso a los limitados humanos. ¿Qué es lo evidente? Que somos criaturas; si somos criaturas, consistimos en aquello que pensó el que nos creó al crearnos. Por tanto el hombre consiste en algo, es algo; hay una naturaleza humana, la idea que tuvo el Creador al crearnos. Si perdemos la noción del acto creador, del Dios creador, el mundo resulta incomprensible, porque si no ha sido pensado por nadie, no es inteligible, no es razonable. Y esto, aunque no sepan expresarlo como yo lo estoy expresando, me temo que es lo que subyace en la cabecita de muchos de nuestros contemporáneos que se han creído los mitos del seudoprogresismo contemporáneo y no se fían de un Dios inteligente, no creen en Él; se fían de las elucubraciones sin fundamento del mecanicismo evolucionista y creen que el mundo es ilógico, es el terreno de la irracionalidad, del caos, del azar, y por lo tanto no saben que consistimos en algo que podemos conocer; y, en consecuencia, ni siquiera hacen el esfuerzo de intentar conocer eso en que consistimos. Y quien ni siquiera hace el esfuerzo de conocer en qué consiste ser un ser humano, no sabe qué hacer con su vida; no se aclara, literalmente.

Creo que este es el problema esencial de nuestra época: una gran parte de nuestros contemporáneos no se aclaran sobre sí mismos, no saben en qué consiste ser un ser humano y, por tanto, viven desnortados, sin criterio, desesperanzados, tristes; no saben qué hacer con sus vidas ni cómo relacionarse con los demás . No creo –si hacemos referencia al terreno de la sexualidad, por ejemplo- que los jóvenes de hoy tengan más hormonas que las que teníamos en la juventud los que ya no somos jóvenes o que sean más malos a priori; si no que, quizá, a los que somos ya un poco  más mayores, desde pequeñitos alguien nos dio la opción de arraigarnos en un conocimiento profundo sobre lo humano, aunque a lo mejor no lo pensásemos así ni fuéramos conscientes, pero lo mamamos por ósmosis en la familia, en el ambiente, en la Iglesia; y a muchos de nuestros contemporáneos, a los que son un poquito más jóvenes, a lo mejor nadie les ha contado estas cosas buenas sobre lo humano. Y como nadie se las ha contado, no las conocen; y como no las conocen, no se aclaran sobre lo humano; están despistados; no se entienden a sí mismos, no saben valorar y comprender su sexualidad ni la de los otros  y por tanto no la respetan. Y al no entender la sexualidad, no entienden nuestro carácter familiar y no saben cómo hacer familia…aunque sientan la vocación natural a vivir en familia.

(Continuará)

Jornadas sobre familia en el CEU.

29 de septiembre de 2012.

Ponencia de  Benigno Blanco.

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