La insoportable levedad de sociedad de la información

Vengo dedicando los últimos  artículos al tema  políticamente incorrecto de la búsqueda de la verdad por encima del relativismo sofocante en que está inmersa la cultura actual. Más allá de las dificultades coyunturales de la arquitectura del sistema, de los ridículos debates sobre competencias y del que más justificado desánimo docente, lo hace imposible educar es el clima cultural y pedagógico en el que nos hallamos. O somos capaces los educadores de transmitir la curiosidad intelectual, la capacidad de pensar con rigor, el pensamiento deductivo, las reglas de la investigación inductiva y el merecido respeto que debemos tener aun pensamiento o a una investigación rigurosa, y saber distinguir lo opinable de lo que no lo es; o no será posible la enseñanza ni, a la larga, la propia convivencia.

Cada vez leo y percibo más claramente a mi alrededor cuánta razón tenía el viejo Aristóteles cuando afirmaba que “todo hombre desea por naturaleza saber”, pero saber la verdad, aun desde el convencimiento de que su posesión plena no está al alcance de ningún hombre. Por ello, no es de extrañar que el mismo autor se atreviera a contradecir a su propio maestro: “Amigo soy de Platón, pero más amigo de la verdad”.

Una cosa es ser en cierta medida “un deudor insolvente de la verdad”, parafraseando a Javier Gomá, y otra muy distinta es ser indiferente ante cualquier propuesta intelectual o cultural desde la actitud desdeñosa del “qué mas da” tan instalado en la cultura juvenil. Como ha demostrado más de un estudio sociológico, lo problemático no es que no sepan, es que no saben que no sabe, ni les importa saber. Viven en una inconsciencia e incultura feliz, desinformados. Son los cada vez más fugaces los titulares de los digitales, cuando no los trennding topic los que generan su estado de opinión.

Nunca ha sido tarea fácil distinguir lo verdadero de lo falso, y preparar para ello era una de las tareas de la educación. Enseñar a los jóvenes a mirar la realidad desde distintas perspectivas es esencial para que entiendan el mundo complejo y a la vez maravilloso que nos ha tocado vivir. Pero esa mirada poliédrica sobre la realidad no es la negación mutua de todas ellas como pretende el relativismo.

El relativismo cultural hiere de muerte a la escuela, pero también a la familia y a la sociedad. Si todo tiene el mismo valor, es lógico que muchos jóvenes se sitúen en el centro del universo con una actitud egocéntrica y antisocial que les impedirá cualquier compromiso personal. En estos tiempos de crisis económica, social e institucional es más importante que nunca inculcar a los jóvenes valores comunes tales como la justicia, la austeridad, el sacrificio o la solidaridad. Sólo desde la vivencia de estos valores tendrá sentido construir una sociedad cuyos dirigentes distingan entre el interés individual y el colectivo y sepan sacrificar los primeros en beneficio de los segundos y no al revés como ha sido habitual en muchas ocasiones.

En una sociedad de la información, que no del conocimiento y mucho menos de la sabiduría, sin orden de valores de rigor y autenticidad, los artículos de Wikipedia o el nuevo factótum del saber que es Internet cobran más fuerza que la voz autorizada del profesor o del mayor experto. En este ambiente de relativismo, aderezado con las siguientes dosis de constructivismo, cualquiera de los casi infinitos datos al alcance de un clic tiene el mismo valor que otro. Sino existen datos mas verdaderos, rigurosos e importantes que otros, la maltrecha autoridad intelectual del profesor desaparece, salvo por el miedo a los exámenes. Pero también estos se convertirán en pruebas absurdas, como a la larga lo serán las escuelas como depositarias y transmisoras del saber. Este relativismo generalizado ha encumbrado no ya a la televisión –como suele pasar a la generación adulta, “lo han dicho en televisión”- sino a todo lo que circula por la Red como una nueva autoridad, además mucho más dinámica y divertida, como demuestra YouTube.

Fruto de este relativismo es el nihilismo que cunde y aflora en gran parte de los alumnos. Nihilismo activo, alarmante, llamativo y peligroso que anima a los jóvenes a una violencia gratuita y destructiva: por odio simplemente por diversión, destruyen todo cuanto les apetece, incluso su propio futuro. No faltarán luego intelectuales que intentaran justificar esa acción o realizar propuestas tan insólitas como la del pintos Jean Dubuffet cuando proponía que en lugar de Institutos de Bachillerato debieran fundarse “Institutos de desculturización”.

No menos peligroso es el nihilismo pasivo, menos llamativo, pero más instalado en los ambientes educativos que conducen a dejar pasar la vida como mero espectador indiferente, sin intervenir ante las situaciones negativas, desde el apriorismo moral de que “la culpa de todo la tienen los demás”. Son esa clase de alumnos, profesores y ciudadanos en general que nos tropezamos en la calle y que como dice Claudio Magris: “están emancipados respecto  de toda exigencia de valor o significado, son igualmente magnánimos en su indiferencia soberana… son libres e imbéciles sin exigencia ni malestar, grandiosamente exentos de resentimientos y prejuicios”.

Frente a todo ello, se necesitan de modo urgente maestros que conozcan el proceloso mar digital, que sepan navegar por él, pero que sepan transmitir a los alumnos cómo localizar el Norte. “Cuando el marinero no sabe donde está la Polar, cualquier viento le es adverso” decía Séneca. Esta tarea es una de las pocas en las que los maestros no pueden sustituirse por los ordenadores. Maestros que susciten una insaciable curiosidad de saber, una exigencia de rigor intelectual, pero a la vez cultivar permanentemente el arte de poder no tener razón y por encima de todo el coraje y el compromiso y el respeto con uno mismo, con los demás y con el mundo que nos rodea.

Juan Antonio Gómez Trinidad

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