Los invisibles

Esta semana ha venido cargada de recordatorios, que en la jerga de Naciones Unidas y su «santoral» laico se llaman «Día Internacional de…». Algunas veces aciertan, y esta semana ha sido una de esas pocas veces.

Algunos, por ejemplo, se acaban de enterar del exterminio de niños con síndrome de Down. No vamos a repetir aquí cifras que han circulado por todas las redes y otros medios, sólo decir que España ocupa el cuarto país en Europa con un 85% de niños abortados por este motivo. El 85% de algo es mucho. Para los que defendemos la vida, toda la vida, cualquier tanto por ciento es mucho.

Hacer visibles estas criaturas, que un padre, con lágrimas en los ojos ante el olvido o el rechazo culpable de parte de la sociedad, describía a su hijo como «…es divertido, es brillante, increíble, gracioso, es amable, amoroso… una de las cosas más hermosas que me han pasado en la vida», es el mayor logro que podemos obtener hoy en una sociedad a la que le faltan muchas cosas, pero la principal es el corazón. Hay muchos más enfermos de corazón de los que creemos.

Los legisladores, por acción o por omisión, son responsables de este holocausto silencioso que estamos viviendo. Y el síndrome de Down tiene al fin y al cabo la suerte de poder ser visibilizado. Muchos miles de niños pasan anónimamente por las estadísticas sin que nadie, o casi nadie, repare en la inmensa tragedia que está permitiendo esta sociedad enferma.

Aquí no somos muy dados a aplaudir las iniciativas de la ONU, entre otras cosas porque están claramente diseñadas para destruir todo lo que defendemos, pero debemos reconocer que en esta ocasión han acertado, seguramente sin querer.

Es un paso, pero pensemos en los que quedan, en los «invisibles». Es nuestra obligación seguir hablando de ello, a tiempo y a destiempo, para luchar contra el acostumbramiento que provocan las leyes.

Dentro de un tiempo, cuando los estudiosos de la Historia estudien este holocausto silencioso, al menos podrán decir que un grupo cada vez mayor de personas luchó para cambiar esos corazones de piedra.

Lo mismo que pasó con la esclavitud.

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