La transmisión de valores a examen

Se oye con cierta, quizá demasiada, frecuencia que “se han perdido los valores”. Algunas personas que piensan así no suelen ponerse a “buscarlos”, creo yo, y, con su estéril queja dejan a su alrededor un poso de desaliento que quizá contribuya a que también “se pierda” algún valor “superviviente”. Indirectamente esto sugiere que la culpa de los males la tienen “los otros” y, por tanto, son “ellos”, los políticos se sobreentiende, quienes han de solucionarlos.

Como alternativa sugiero que reflexionemos sobre el gozoso deber de cada uno de descubrir en nuestro interior los muchos tesoros que, conscientemente o no, tenemos y de compartirlos según los vamos encontrando. También propongo que ese “compartir” se haga en círculos concéntricos; empezando por el propio cónyuge, siguiendo por los hijos, familia extensa, vecindario, etc. hasta influir positivamente en la entera familia humana.

Es obvio que las personas que tienen puestos de gobierno deberían asumir su muy importante responsabilidad en el rumbo que toma la sociedad y actuar conforme al bien de las personas más que al dictado de los distintos reduccionismos ideológicos partidistas. Pero también es cierto que los gobernantes son elegidos por los ciudadanos y tienden a actuar en función de lo que creen que les reclama la ciudadanía. Por ello, entramos en una referencia circular al estudiar por donde debe empezar la necesaria reforma de costumbres de forma que la convivencia social esté conformada por los valores universales que promuevan el bien de la Humanidad y de la Naturaleza. Lo más práctico, si no queremos simplemente tranquilizar nuestra conciencia creyendo que el mal se combate con solo enunciarlo, es que cada uno empiece la “reforma” por el ámbito en el que más puede, debe, influir: uno mismo, la propia familia, el hogar.

Es probable que nos hayamos dejado influenciar por la cultura consumista en la que nos vemos como simples usuarios o consumidores. Un ejemplo que puede ilustrar esa “mentalidad de usuario” lo tengo en mi, hasta hace bien poco, rotunda defensa de que, tal como indica el Art. 26.3 de la Declaración Universal de Derechos Humanos[1], “Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”. Una más reflexiva lectura me hizo reparar en la expresión: “que habrá de darse” y me pregunté por el sujeto de la frase; la redacción sugiere que el papel de los padres es elegir la educación que “otros” habrán de dar a sus hijos. Creo que el citado artículo debería decir “Los padres, y en su defecto la familia próxima, tendrán la obligación de proporcionar a sus hijos por sí, o con la ayuda que en cada caso sea necesaria, una educación conforme a la dignidad de la persona humana”.

El drama de la cultura actual es la falta de interioridad …/… Sin interioridad el hombre moderno pone en peligro su misma integridad[2] son palabras del Papa S. Juan Pablo II, que, dichas en un ámbito de fe, son extrapolables a un enfoque antropológico. Podríamos preguntarnos si la persona humana es, debe ser, simplemente un resultado de acciones ajenas o si, por el contrario, la capacidad de tomar decisiones propias forma parte esencial de su naturaleza. Entiendo que la comprensión profunda del ser humano nos lleva a descubrir su grandeza y su derecho/deber de “conquistar” su propia identidad, creatividad, autonomía, originalidad, incluso en condiciones políticas, sociales, económicas, familiares, personales, adversas.

Si nos parece conveniente cambiar el paradigma “de fuera a adentro” por el “de dentro a afuera” deberíamos fomentar la contemplación, la reflexión, el asombro y, en definitiva, el descubrimiento de la obra de arte que somos cada uno. De esta forma, podremos valorar, y agradecer, el (inmerecido) don de la vida, la inteligencia, la necesidad de amar, la libertad interior, etc. Para ello, convendría tomar distancia de esa cultura en la que se valoran a los seres humanos con criterios economicistas de productividad, rentabilidad, eficacia, prestigio social, etc., llevando a millones de personas a una profunda insatisfacción por no ser de los que destacan. Considero que reconocer el propio valor y la propia dignidad es muy importante para extrapolar y ver al “otro” como un ser que, por sí mismo, merece todo respeto, consideración y afecto.

El cultivo de la interioridad, y alguna que otra lectura adecuada, nos descubrirá que los bienes intangibles son mucho más valiosos que los tangibles, materiales, y que la esencia de la vida se podría resumir en la búsqueda y mantenimiento de vínculos valiosos con las personas. Además los intangibles, actualmente la auténtica riqueza, como el conocimiento, p. ej., se comportan justo al revés que los materiales; crecen al compartirlos.

Una nueva visión

En el ámbito familiar, el más valioso, considerar la familia como una nueva realidad que supera la simple suma de individuos nos lleva a superar la lógica, en el fondo individualista, de prestigiar la renuncia personal en beneficio del cónyuge, hijos u otros familiares. Si “yo” soy parte integrante de un todo, mi dedicación al crecimiento de los otros redunda necesariamente en “mí” y viceversa; de hecho, puede que el único camino hacia la felicidad personal pase necesariamente por procurar la ajena. Por otro lado, en una sociedad en la que parece que hay ausencia de modelos de personas íntegras, que muestren de forma atractiva lo bueno que es el bien, quizá todos estemos obligados a ocuparnos del propio crecimiento personal en todas las dimensiones humanas, intelectivas, afectivas, volitivas, corporales, espirituales, de forma que, sin falsas humidades y sin engreimiento, podamos ser dignos de imitación.

En esta línea de crecimiento personal para poder iluminar a otros en la búsqueda de esos valores “perdidos”, y pensando en términos familiares, ¿cabe mayor “guía vital” para la familia que la constatación de una profunda unidad, no uniformidad ni simple resignación o ausencia de conflictos, entre “papá y mamá” que se ven a sí mismos como un todo y cada uno se ocupa con eficacia y alegría del bien del otro? ¿No será esto lo que necesita este decrépito mundo y, en concreto, nuestra querida, y estéril, España que lleva un tiempo sin querer perpetuarse en nuevas generaciones a base de no querer tener hijos? Si el suicidio demográfico en el que estamos inmersos no cambia de signo quizá ya no haya que preocuparse de la “transmisión de valores” por la sencilla razón de que no habrá a quien transmitir nada. Pienso que si la familia, bastantes, muchas, familias, fueran conscientes de la enorme dignidad y grandeza de su tarea y vivieran de forma que, sin ruido de palabras, fueran imitables, se generaría un ambiente social en el que si los políticos quisieran tener votos no tendrían más alternativas que legislar y actuar conforme a las costumbres sociales. Mientras esto no ocurra, quizá estemos exigiendo que se legisle conforme a un modo de vivir que no se corresponde con el de la mayoría de los votantes. Puesto que cabe pensar que el alejamiento de la sociedad de su esencia y de aquello que la beneficia haya sido imperceptible, no parece realista pretender una mejora inmediata y sin la propia participación.

En todo caso para “aterrizar” en lo concreto, y poder llevarlo a cabo entiendo que hemos de implementar una “nueva visión”. No es infrecuente que al hacer el bien nos encontremos con que la persona destinataria de nuestras atenciones, aunque sea alguien muy querido, no las valora lo suficiente o las malinterpreta o incluso nos las echa en cara; en estos casos, podría pensarse que, a pesar de los esfuerzos que uno hace, no merece la pena. Quizá convenga salir de uno mismo y hacer el bien no tal como a “mí” me parece que debe hacerse sino como la otra persona quiere que se le haga; este enfoque tiene el “precio” de tener que esforzarse por “ver” la situación con los ojos de ella o de él, pero tiene incorporada en el mismo acto la recompensa de salir de la asfixiante y empobrecedora propia zona de confort ampliando la mente y el corazón. Además genera un mayor vínculo con la otra persona que, al saberse tenida en cuenta, se alegra y, aunque no lo manifieste, crece en unidad, con el consiguiente beneficio para ambos.

Para cerrar estas consideraciones, creo que conviene reflexionar sobre el modo en que los auténticos valores se han ido transmitiendo de generación en generación. Por supuesto, los libros y las conferencias y charlas han tenido, y tienen, un gran papel en el proceso, pero entiendo que la mayor influencia se debe a la existencia de personas que, con mayor o menor presencia pública, han vivido, o se han esforzado por vivir, conforme a los anhelados valores. Quizá estemos en un momento en el que se haya hecho imprescindible que cada uno de nosotros asuma nuestra responsabilidad personal en el rumbo social y de algún modo, conforme a las propias posibilidades, nos convirtamos en referentes. Entiendo que sin este requisito se romperá la cadena de “transmisión de valores” y no será nada fácil pedir a los gobernantes que cuiden lo que, en el fondo, los particulares no cuidamos.

Cuidar la propia familia puedes estar siendo hoy una necesidad social crítica.

José Fernando Calderero
Dr. en Filosofía y CC de la Educación

[1] http://www.un.org/es/documents/udhr/UDHR_booklet_SP_web.pdf

[2] http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/2003/may/documents/hf_jp-ii_spe_20030503_youth-madrid.html. Punto 1.

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