Educar no es nada fácil

Al menos eso es lo que oigo con mucha frecuencia a mi alrededor; bastantes personas que conozco y trato están inquietas y preocupadas por los crecientes requisitos que la educación actual exige. Muchas de ellas desearían estar más preparadas, saber más de neuropsicología, neuroeducación, tener más tiempo para formarse adecuadamente y poder estar a la altura de las necesidades de formación de sus hijos; también disponer de más medios económicos para que sus hijos pudieran realizar alguna estancia en el extranjero aprendiendo inglés en condiciones, competencia sin la cual parece que es imposible ganarse la vida hoy día. Por otro lado, por el bien de su familia, y especialmente de sus hijos, consideran imprescindible labrarse una posición económica desahogada, aunque para ello haya que hacer enormes sacrificios para intentar conciliar la cada vez más escasa vida familiar con las crecientes exigencias laborales.

Personalmente, y sin restar importancia a las dificultades concretas que comporta toda actividad humana, creo que se exageran las dificultades que conlleva educar, quizá por considerar como objetivo alcanzar unos logros que están más centrados en las expectativas sociales de “triunfo” y “éxito” – términos muy polisémicos – que en la satisfacción de las auténticas Necesidades Educativas Personales (N.E.P.)[i] de los hijos

Ante la recurrente pregunta “¿qué podemos hacer?”, creo que, en muchas ocasiones, se puede estar intentando tranquilizar la conciencia al reconocer que, de hecho, “no se puede hacer nada”. Entiendo yo que la pregunta correcta quizá debería ser ¿qué deberíamos dejar de hacer para cumplir con nuestro, exigente pero gozoso, deber de educar a nuestros hijos?

Casi todo el mundo acepta teóricamente que los primeros y principales educadores de los hijos deberían ser, son, los padres. Es muy cierto. De hecho, es la familia la que, por imitación, por rechazo, o por ausencia, más huella deja en el desarrollo de los seres humanos; huella profunda y duradera. Lo que no demasiadas familias hacen es tomarse en serio y llevar a la práctica esa concepción teórica, lo cual es un gran problema, ya que lo que en realidad educa, o mal educa, son las experiencias vitales habidas; mucho más que las palabras escuchadas.

¿Éxito laboral o  sentido crítico?

¿Es cierto que los hijos necesitan ser educados?, ¿es cierto que los padres son los primeros y principales educadores? Si, como es de esperar, has contestado afirmativamente ambas preguntas será cierto, digo yo, que será posible hacerlo, ¿o no?

Lo que inexorablemente va a ocurrir, pensemos lo que pensemos, hagamos lo que hagamos, es que los hijos van a crecer, van a desarrollarse en las diferentes dimensiones humanas con mejores o peores resultados. También ocurrirá necesariamente que nosotros, papá, mamá, hermanos mayores, abuelos, tíos, etc., pensemos lo que pensemos, hagamos lo que hagamos, les vamos a influir. La pregunta es ¿positiva o negativamente?

 ¿Es suficiente con llevarlos a un “buen” colegio”? Claramente no, no basta; es más, puede ser una especie de “distractor” de la responsabilidad personal si se considera que al haber puesto a los hijos en manos de buenos profesionales se ha hecho todo lo que se debe. En muchos casos, las familias colaboran más bien poco con aquellos que les están ayudando en una tarea tan relevante como es la educación de los hijos, una de las más nobles ocupaciones que puede tener una persona.

Por otro lado, pienso que es matizable el conocido dicho popular “la casa no se empieza por el tejado”. Ciertamente lo primero que se hace físicamente en el solar donde se va a construir el edificio son los cimientos. Pero… hay una muy importante fase previa, dibujar el proyecto y determinar la altura del edificio, ya que en función de ese dato habrá que hacer unos cimientos más o menos profundos.

Cimientos y objetivos

Pero… Acaso la “construcción de un proyecto de vida” ¿no debería empezar por la visualización de las posibles metas finales? ¿nos hemos parado a pensar en las motivaciones profundas por las cuales tomamos unas u otras decisiones de vida, educativas? ¿tenemos in mente como fin de la educación de nuestros hijos casi exclusivamente el empleo, los más “exitoso” posible? ¿nos hemos parado a pensar en la necesidad de ayudarles a desarrollar el sentido crítico de forma que, más bien pronto que tarde, vayan adquiriendo una madurez de autogobierno? ¿consideramos como meta principalísima ayudarles a que lleguen a ser buenas personas?

Y, aunque se podrían formular muchas otras preguntas en el mismo sentido de fomentar la dedicación a la familia, especialmente al cónyuge y a los hijos, terminaré con una comprometedora pregunta que, desde mi punto de vista, condensa todo un programa educativo, ¿procuro pensar y vivir de tal forma que pueda ser imitado? Lo que más influye en la educación de una persona es la convivencia con quienes pueden ser un estímulo hacia el Bien y la Verdad, especialmente si son alguien tan importante como los propios padres.

Educar no es tan difícil.

José Fernando Calderero
Dr. en Filosofía y CC de la Educación

[i] Ver: tesis doctoral “Proponiendo un concepto nuclear latente en educación: las Necesidades Educativas Personales (N.E.P.)”. https://repositorio.uam.es/bitstream/handle/10486/13254/62847_Garc%C3%ADa%20Barrera%20Alba.pdf?sequence=1

 

3 Comentarios

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