¿Tolerancia?

«Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias«.  Es la definición de la palabra “tolerancia”. Es una de las palabras más manidas en estos días, sobre todo -y sorprendentemente-, por quienes la arrojan a la cara de quien discrepa de sus opiniones, acompañándola de un insulto o amenaza.

Decía Voltaire (o su biógrafa británica Evelyn Beatrice Hall, hay debate) eso de «estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo«. Conviene separar, pues, el respeto a la persona y a su libertad -de expresión, en este ejemplo- del respeto a la opinión concreta.

Si aceptamos, en oposición al relativismo y al voluntarismo en boga, que existen verdades objetivas, que existe una razón de ser de las cosas y que, por tanto, hay bienes absolutos, (accesibles, además, a través de nuestra razón y nuestra conciencia), entonces no todas las opiniones e ideas son respetables. En la medida en que se ajusten a esa razón de ser de las cosas, a esas verdades objetivas o a esos bienes absolutos, las opiniones serán merecedoras de respeto.

He ahí la esencia misma de cualquier debate. La dignidad humana y la libertad son dos realidades objetivas, absolutamente buenas. Por eso siempre, sin excepción, son merecedoras de respeto. Por eso la discriminación, sea ésta por el motivo que sea, es siempre injustificable. Pero el respeto a la persona y a su libertad de expresión no ha de implicar necesariamente el respeto por sus opiniones.

Uno podría, precisamente, defender con sus ideas lo opuesto a lo que estoy exponiendo, y sostener que la discriminación a las personas es buena y por tanto justificable. Esa opinión no es respetable. Como ninguna otra práctica (la definición de “tolerancia” incluye también respeto a las prácticas, recuerden) que suponga, por ejemplo, actividades delictivas. Parece bastante obvio, sin embargo, de la definición que la R.A.E. da a la palabra “tolerancia” se puede desprender lo contrario.

Por eso conviene pararse de vez en cuando en los conceptos, sobre todo en los que se atribuyen a estos “nuevos valores”, y ahondar en su significado. La mala noticia es que, cuando ni siquiera se ha empezado a ahondar, ya se descubre el gran vacío de contenido. Un vacío intencionado. Palabras huecas, biensonantes. Palabras que fácilmente se puedan arrojar a la cara de quien no esté de acuerdo.

Exigir tolerancia -incluso a quienes sí toleran- demostrando intolerancia propia no es la única incoherencia que encontramos en el crispado y poco reflexivo panorama de hoy. Otros conceptos como “diversidad” o “inclusión” son como planetas con satélites de grandes contradicciones girando a su alrededor. Porque no nos paramos a pensar. A hablar con propiedad. A no dejarnos engañar.

Dediquemos algo de tiempo a pensar qué cosas son buenas y por qué (spoiler: la Familia, la Vida y la Libertad son tres de ellas). Después, hablemos bien de las cosas buenas.

Javier Rodríguez
Director del Foro de la Familia

 

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