Amor, discusión, amor

En todo matrimonio se debe pasar del enamoramiento al amor, que es mucho más profundo, sereno y estable. Desde ahí la pareja necesitará ir creciendo en intimidad, compromiso, estabilidad y cohesión. Todo esto se logra dejando un poco de lado lo que uno esperaba que fuera el matrimonio para que la relación vaya siendo lo que ambos necesitan.

En este proceso de ensamblaje y crecimiento surgen las crisis, pasamos de la familia ideal a la familia real, donde las personas se enfrentan a situaciones desconocidas y a momentos de miedo e incertidumbre, donde no se entiende las conductas, las reacciones, la toma de decisiones o emociones del otro, y esto les asusta y desconcierta, desembocando muchas veces en discusiones matrimoniales.

Un matrimonio que discute es un matrimonio en el que los miembros buscan la forma de acomodarse mutuamente, de que la situación no empeore, o de que el matrimonio no fracase. Las discusiones son una forma de no perder el control de lo que les está ocurriendo, y se desencadenan cuando las personas se enfrentan a lo distinto, a lo novedoso, a lo desconocido. Ante el miedo que provoca esta situación, el matrimonio discute para sentir que tienen el control y para tener la sensación de que pueden gestionar la situación y no sentirse indefensos frente a lo que les amenaza.

Las discusiones que suben de frecuencia e intensidad acaban convirtiéndose en una continua lucha de poder, donde las personas dejan de escucharse para intentar convencerse y, si eso no funciona, intentarán doblegar la voluntad del otro. La discusión se convierte entonces en una situación en la que ninguno cede para no sentir que el otro le anula o le hace desaparecer. Sin embargo, la discusión supone una amenaza para ambos y un camino que no va a terminar bien. Los matrimonios necesitan aprender a hablar de lo que temen y aprender a escuchar lo que teme el otro.

Los aspectos que más hacen discutir al matrimonio dependen de en qué ámbitos las personas se sientan especialmente amenazadas:

  • Los miedos personales suelen proyectarse fácilmente en el matrimonio generando discusiones por una sensación de que el otro no llena. Esto deriva en muchas discusiones que tienen un fondo común: uno de los dos hace responsable de su felicidad al otro, sin asumirla como responsabilidad propia.
  • Un ámbito recurrente de discusiones es cuando las familias de origen son muy intrusivas y el matrimonio no ha asentado bien los límites con ellos.
  • Otra causa habitual es no haber establecido una buena comunicación profunda, uno de los miembros del matrimonio tenderá a discutir sobre la sensación de abandono y poco amor o atención que recibe del otro.
  • Imponer distintos criterios educativos cuando no existen unas metas de relación, al no haber forjado bien la relación, cada uno discutirá por imponer sus propias prioridades, repercutiendo en la educación de los hijos.

Para lograr salir del círculo vicioso cuando se tiende a discutir por todo, aunque no sea importante, existen distintas estrategias que pueden ayudar a que ambos se vayan encontrando mejor:

  1. Aprender a darse cuenta de cuándo están discutiendo y querer pararlo. Sin una actitud de tener gobierno sobre uno mismo y no sobre el otro, de querer frenarlo, no puede darse el cambio.
  2. Acabar y erradicar con los comentarios críticos hacia el otro. De las cosas más dañinas que se dan en la pareja son las críticas al otro; y aunque el otro las haga, uno puede frenarlas para lograr el cambio en la pareja.
  3. Esperar cuando uno esté enfadado, estresado, dolido o triste. Es muy positivo gestionar la propia emoción y no buscar al otro cuando uno se note crispado emocionalmente. Después, si uno quiere, puede compartirla con el otro.
  4. Puede ayudar que ambos entiendan que a menudo no es necesario que ninguno de los dos cambie, sino que pueden centrarse en hacer cosas distintas y no en ser distintos.

Si hay discusiones ¿quiere decir que el amor ya no existe? No, es el enamoramiento lo que deja de existir. Cuando un matrimonio que se ama está en crisis predominan emociones que hacen sentir que no se tienen ganas de estar con el otro, que no se le echa de menos o que su mera presencia es molesta e incomoda. Estas sensaciones se pueden tener al mismo tiempo que existe el amor. Son esas sensaciones las que reflejan que el matrimonio puede estar en crisis, pero no por ello no se tiene amor por el otro. La crisis indica que es necesario cambiar algo, pero no indica que haya que cambiar a la persona o cambiar de relación.

La mayoría de los matrimonios que están en crisis se ama, lo que sucede es que se sienten atrapados en las discusiones y en el malestar que viven. Para salir de esa situación necesitan estrategias que les ayuden. El matrimonio puede volver a recuperar la armonía, todo depende del grado de compromiso que hayan adquirido entre ellos y de la predisposición que tengan para buscar soluciones. Es importante que cada uno se plantee cuáles son sus miedos principales y se pregunte de qué cosas está haciendo responsable al otro. Una de las cosas que pueden hacer es valorar cómo hicieron el compromiso del matrimonio: metas en la relación, niveles de comunicación y modos de encuentro entre ambos, limites con familias de origen, etc.

Si lo necesitan, pueden acudir a profesionales que les pueden ayudar en esos momentos, tanto a llevar la situación que viven, como a desarrollar estrategias y habilidades específicas para su relación. Pero sobre todo, no tirar la toalla cuando se pueden buscar soluciones.

Inés Llorente
Máster en Familia

2 Comentarios

  1. Amor resiliente y sólido es el que atraviesa las dificultades. Ese es el auténtico amor que debemos de entregar.
    Humildad, perdón, tiempo de calidad e intimidad y compromiso mutuo hace el matrimonio bello y duradero. Merece.

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