BASES para una EDUCACIÓN SOLIDARIA en la FAMILIA

Por Manuel Araus. Educador y Miembro del Movimiento Cultural Cristiano. Responsable de la Escuela Iqbal Masih


http://www.solidaridad.net/vernoticia.asp?noticia=291


Nos vamos a plantear en este artículo una serie de características que debiera tener una educación destinada a transformar el espacio educativo y a convertir el contexto en el que este se desarrolla en un contexto solidario.




La familia tiene que ser Escuela de solidaridad. Y en concreto urge recuperar el protagonismo de los padres en el proceso educativo.

Ese primer núcleo familiar, el de los padres con sus hijos no se puede menospreciar ni sublimar como lo hacemos. Y lo hacemos cuando delegamos inconscientemente el papel que juega. El núcleo familiar al que nos referimos vive indudablemente ligado a un proyecto de vida y de acción que tiene el horizonte de la solidaridad como propio. Pero ello exige que la familia tiene que ser consciente, además de para qué, de cómo educa, porque lo hace necesariamente de una manera distinta a cómo lo hace el resto de las instituciones. En el núcleo familiar se producen tres procesos educativos fundamentales cuando éste no dimite de su función: el de personalización, a través de afectos singulares, específicos, distintos para cada uno de sus miembros; el de socialización, a través de la convivencia intergeneracional y todo lo que esto entraña; y el de potenciar determinados valores y capacidades, a través fundamentalmente del ejemplo o el testimonio. La familia dispone de toda una serie de recursos a través de los cuales, lo sepa o no, está orientando los mensajes educativos, solidarios o insolidarios, en su entorno:




Instrumentos de control: cómo se toman las decisiones, normas generales de la casa, premios y castigos, seguimiento de actividades de los hijos.


Instrumentos de apoyo que son las conductas expresadas por los padres hacia los hijos que hace que éstos se sientan aceptados o rechazados.


Recursos de todo tipo: emocionales y afectivos (el chantaje es uno de los más empleados), materiales (el espacio y su equipamiento), culturales, de tiempo, etc.


Clima familiar y vida familiar que comprende diversos aspectos de la vida familiar: horarios, comidas, amigos de los hijos, cuidados, labores de casa,…



No hace falta que los hayamos pensado para que se disponga de todos estos recursos. Pero está claro que el ambiente solidario que queremos vivir se debería caracterizar por configurar todos estos elementos de una manera específica distinta a cómo lo hacen otras familias sin que ello deba suponer que perdamos el sentido común. En la medida en que nuestro pequeño núcleo familiar se vaya ajustando a las exigencias de la solidaridad del proyecto que han decidido tener, eso va a permitir a nuestros hijos el clima necesario para aprender la vida solidaria.


Nadie educa a nadie en la solidaridad. Nos educamos juntos. Todos estamos en ese proceso o no estamos.

Nadie, ningún ambiente, posee definitivamente eso que queremos vivir. Todos tenemos siempre algo que aportar. Todos tenemos siempre mucho que aprender.
Esto también lo podemos referir a nuestro pequeño núcleo familiar: los padres no somos los solidarios frente a los hijos. Los padres luchamos por ser solidarios. Y ese es el testimonio que tienen la obligación de transmitir a los hijos, el de luchar por serlo no el de serlo. Creo que todos entendemos esta diferencia. La educación solidaria no divide en tontos y listos, en los que saben y no saben, en los que tienen y no tienen. El padre o la madre no tienen la obligación de ser perfectos delante de sus hijos, de no decaer nunca, de no tener alteraciones en los estados de ánimo, de ser siempre coherentes, … y mucho menos de aparentar serlo, es decir, de convertir la relación con los hijos en una vulgar representación hipócrita. El padre y la madre tienen la obligación de luchar por ser solidarios, de reconocer cuando convenga sus debilidades, de pedirse perdón, de esforzarse por ser cada día más coherentes, … y de mostrar que el mundo que les está tocando vivir a sus hijos tiene en ellos a dos luchadores.
Dicho esto conviene que hagamos un alegato a favor de la AUTORIDAD. Es este testimonio de lucha solidaria, la AUTORIDAD que necesita la educación solidaria. Y sin ésta autoridad no hay educación solidaria. Y ejercer esta autoridad es básico para ayudar a crecer en la solidaridad. Pero ESTA AUTORIDAD, la que procede de un querer ser fiel a nuestra vocación en la familia. Y hay que estar dispuesto a ejercer esta autoridad porque ella es la base de nuestra adultez y es el ejemplo de una vida adulta seria, llena de sentido el que va a ejercer permanentemente de polo tensionador y conflictivo. Y, por lo tanto, de polo de cambio. La autoridad reviste, como nos ha enseñado la psicología, diferentes formas de ejercerse a lo largo de la evolución de los hijos. En los primeros años es necesariamente directiva y conductual, lo que no quiere decir arbitraria. Y esto no representa ningún contrasentido. Conforme el niño se convierte en joven, la autoridad revestirá más la forma de diálogo (el diálogo siempre es una confrontación, de al menos dos personas, con la Verdad, que no pertenece a priori a ninguna de ellas en exclusiva pero que está en los dos). Y sólo la autoridad moral aportará entonces los argumentos o la posibilidad de tomar decisiones en ese diálogo que será imposible en esa etapa donde el muchacho no hace más que dar vueltas sobre sí mismo, es decir, no dialogar. Renunciar a ejercer la autoridad es hacer un flaco favor a la solidaridad en un mundo que ha sacralizado la AUTORIDAD de los fuertes, que es la única autoridad que no se cuestiona.


Educar en la solidaridad en aprender a DIALOGAR. Dialogar es la posibilidad de abrirnos a uno mismo, a los demás, al mundo y a la Transcendencia.

A dialogar hay que aprender porque la esencia de la formación en la que todos estamos es autoritaria, es decir, monólogo unidireccional del poder.
Lo primero que hay que hacer es construir las posibilidades de diálogo. Y para resumir diremos algo sobre las condiciones del diálogo. Lo fundamental para aprender a dialogar gira en torno a la capacidad de ver la realidad tal y cómo es, lo más verdadera y objetivamente posible, lo más en búsqueda de la verdad que se pueda. Ello implicará que se aprenda a valorar los hechos sobre las palabras, que se desarrolle la capacidad de la observación y de la memoria, que se desarrollen las actitudes de trabajo en grupo; En segundo lugar dialogar exige potenciar la capacidad de comprender la realidad, de entenderla y asumirla. Esto conlleva a su vez: capacidad de analizar las causas y las consecuencias, de criticar- que es lo mismo que discernir-, de comparar, de referir a criterios morales y religiosos si se tuvieran; Y al fin todo diálogo exige capacidad de actuar. Y ello no será posible sin un sistemático y constante cultivo de la voluntad, del orden, la constancia, el esfuerzo y el sacrificio. El núcleo familiar puede ser una excelente Escuela de estas tres capacidades (ver, juzgar y actuar) si somos capaces de fomentar en él acciones y responsabilidades adecuadas, que además deben ser necesariamente repetitivas para que se conviertan en hábitos: cuidar las cosas, leer diariamente a solas y en común – libros, cuentos, el periódico, la tele, lecturas espirituales, revisar el día juntos, servir a los demás por norma, cuidar de los más pequeños, etc.
Nos vamos a detener en la tercera de las capacidades, el cultivo de LA VOLUNTAD. La voluntad, es decir, la capacidad de trabajar por aquello que se quiere, fruto de una elección consciente- acto que conlleva siempre tres ingredientes: tendencia, determinación y acción- DEBE CONQUISTARSE para la solidaridad. Si hay algo que nos ha robado la educación insolidaria es el CORAZÓN, es decir, el centro de la voluntad. Y nos ha convertido, aún cuando tenemos la lucidez en los ojos, en personas absolutamente IMPOTENTES. Y nuestros hijos y nosotros mismos somos unos impotentes porque tenemos castrada esta capacidad. El cultivo de la voluntad exige el cultivo, en todos los entornos educativos solidarios que tenemos, incluido el núcleo familiar, del ORDEN, LA AUTODISCIPLINA, LA CONSTANCIA Y EL ESFUERZO. Y sin ellos tampoco va a darse algo aparentemente contradictorio que es la creatividad (que nunca suele ser sinónimo de espontaneidad). En esto tenemos mucho trecho que recorrer no sólo nuestros hijos sino también nosotros. Sobre todo cuando las elecciones en la vida solidaria no se suelen casi nunca corresponder con lo que nos apetece. Este ejercicio de dominar las apetencias, de luchar contra el capricho, es fundamental en la vida solidaria. La vida en el núcleo familiar y por supuesto la vida en todos los espacios que ofrece cualquier asociación que tenga un proyecto solidario, da para ejercitar todo lo que uno quiera.
El diálogo será el instrumento fundamental, al fin, para construir el ambiente educativo por excelencia, el ambiente educativo más poderoso de todos cuantos podamos imaginar: la PANDILLA DE AMIGOS. Por eso, repetimos, será imposible una educación para la solidaridad que no construya espacios- ambientes de encuentro solidario. Y esta es una tarea fundamental en la que todos directa o indirectamente podemos colaborar.


Educar para la solidaridad es educar para el conflicto.

El conflicto es el medio. Puesto que no somos neutrales y nuestro compromiso solidario se sitúa en la debilidad y puesto que el campo de batalla lo ponen los fuertes, el CONFLICTO será necesariamente el medio por excelencia. El conflicto es a plano sociocultural lo que la CRISIS a plano psicológico y personal. Por tanto, tampoco habrá educación para la solidaridad ( ni educación para nada) sin crisis. Educarnos para el diálogo, educar a nuestros hijos para el diálogo, nos llevará necesariamente al conflicto. Una visión del mundo, unas formas de pensar, de sentir y hasta de actuar se tratan de IMPONER. Pero nosotros vamos a IMPONERLES inicialmente también un entorno ante el cual el MUNDO que van a vivir va a tener al menos otra dimensión visible: la de la solidaridad. No tenemos derecho a imponerles una forma de ser pero necesariamente les vamos a imponer un entorno enfrentado a ese otro mundo de los fuertes. Y no debemos evitar la contradicción sino aceptar el reto de la confrontación. Un criterio básico para afrontar los conflictos es que queden muy claras y reconocidas tanto las posturas subjetivas como las objetivas y que no salga dañada la Verdad (aunque sobre esto hay muchísimo escrito y ahora no es el momento de desarrollarlo). Esta es la que siempre hay que procurar que salga fortalecida y no tanto nuestro yo o nuestra imagen. Jugará entonces un papel clave la autoridad moral y la fidelidad a la vocación y, por la parte de los hijos, el tener o no tener una pandilla de amigos hecha desde este ambiente. Afrontar este conflicto permanente y organizado no les será posible a los padres si su familia no se ha abierto hacia el grupo y la asociación solidaria por la sencilla razón de que el frente del conflicto es mucho más amplio que el de los estrechos márgenes del individualismo corporativo insularizado en el que hemos convertido nuestra vida.


Educar para la solidaridad es educar para la LIBERTAD.

Parece evidente pero no lo es. Nuestros hijos no nos pertenecen. No son de nadie sino de sí mismos, hasta que descubran que son del Ideal que han descubierto para si mismos. Ejercer la paternidad y la maternidad si pero el paternalismo y el maternalismo son enemigos de la solidaridad y siempre producen víctimas mortales, es decir, hijos inútiles y castrados. En última instancia, presas fáciles de los poderosos. Los hijos pueden ser una buena razón para la lucha pero no son el fin de la lucha. El fin es la construcción de la Fraternidad, la familia donde todos seamos reconocidos hijos y hermanos. Si queremos a nuestros hijos tenemos que aceptar que, en el mejor de los casos deben de pasar de ser hijos a ser hermanos, de ser menores a ser mayores. Y aceptarlo desde el principio. No hay nada más feo que un hijo a imagen y semejanza de su padre o de su madre. Esto implica educar desde el principio para la autonomía, para la independencia, para la responsabilidad de asumir las decisiones y gestionar su propia vida. Es evidente que esto se hace en un proceso que va desde la adquisición de hábitos de autonomía física personal ( comer sólo, vestirse sólo, lavarse sólo, etc.), hasta la independencia del núcleo familiar.

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