Educación y ejemplo

Cuenta Grace J. Craig que los niños, desde edad preescolar, usan como defensa contra el miedo y la ansiedad el mecanismo de la “identificación”, proceso que consiste en incorporar los valores, las actitudes y las creencias de otros. “El niño adopta las actitudes de figuras poderosas, como sus padres, a fin de parecerse más a ellas —para ser más amado, poderoso y aceptado—, lo que atenúa la ansiedad que a menudo le causa su relativa indefensión”. Los niños, de dos a siete años, elaboran, según Piaget, su propio conocimiento personal. “Crean su propia realidad mediante la experimentación”. Y, a medida que se acercan a la adolescencia, van comparando a sus padres “reales” con sus modelos de padres “ideales”.

Los niños, en su proceso de aprendizaje, irán desarrollando su sentido moral, aprendiendo a distinguir entre el bien y el mal, la generosidad y el egoísmo, la crueldad y la amabilidad. Es un tema muy discutido la manera en que los niños van incorporando un código moral a su conducta, que guiará de alguna manera sus decisiones futuras. Pero, en nuestra opinión, el principal agente socializador y transmisor de valores, es la familia, particularmente, los padres, a quienes se esforzará por imitar desde muy temprana edad.

Porque, a pesar del tiempo que los niños pasan en la escuela, a pesar de la influencia de la televisión, y cada vez más, de internet “la familia continúa siendo el agente socializador más importante”, en opinión de Craig.

Por tanto, los padres hemos de esforzarnos para ser un modelo adecuado, porque será ese modelo el que imitarán nuestros hijos en su crecimiento moral, y ya no sólo como mecanismo de defensa.

En consecuencia, hemos de procurar comportarnos de la manera que queremos que nuestros hijos se comporten. En eso, sencillamente, consiste la educación, de ese modo transmitiremos a nuestra descendencia los valores que consideramos adecuados. No se trata de impartir lecciones ni clases magistrales. No es tan difícil.

Si deseamos que nuestros hijos sean generosos, practiquemos nosotros el desprendimiento, el desapego de las cosas materiales, que nos vean compartir nuestras cosas. Si queremos que adquieran la virtud de la sinceridad, comencemos nosotros por decir la verdad, por no engañar ni mentir, ni en lo más pequeño. “- Papá, llama la abuela por teléfono… – Dile que no estoy”. Eso se debe evitar, pues con esa conducta hacemos buena la mentira.

Si queremos que sean leales, amigos de sus amigos, bienhablados, comencemos nosotros por cultivar nuestras amistades, por ser puntuales, por hablar con corrección. Si tratamos de enseñarles a ser limpios y respetuosos con el mobiliario urbano, con el medio ambiente, demos nosotros importancia a no arrojar jamás, en ningún caso, desperdicios al suelo, que nos vean hacer la limpieza de casa, y tener siempre en orden nuestra habitación y pertenencias.

Para que aprendan la entrega al prójimo, y la actitud de servicio a los demás, empecemos por amar y respetar en todo momento y situación a nuestro cónyuge, a nuestra familia de origen, a nuestros vecinos y compañeros. Que vean a sus papás quererse, respetarse y sacrificarse, uno por el otro y ambos por la familia, y por todos los demás, llegado el caso. Que nos vean pagar nuestras deudas, ser puntuales, fieles a la palabra dada, amables y serviciales. Desterrar de nuestro comportamiento habitual la queja constante, el cotilleo, las habladurías. Que no nos escuchen decir nada malo de alguien a quien conocen, pero que está ausente.

Educar a los hijos no es, pues, otra cosa que esforzarse, cada día de nuestra vida, para ser el mejor padre, el mejor amante, el mejor ciudadano, el mejor amigo, el mejor profesional, el mejor hijo, el mejor yerno o la mejor nuera…

Comportarnos así tiene, además muchas otras ventajas, porque eso aumentará, con un adecuado sentido del humor, nuestro prestigio ante nuestros hijos, sobre el cual se fundamentará nuestra autoridad como padres, clave en la educación de la infancia, sobre todo, a partir de la adolescencia. Porque los modelos que admiramos son a quienes más deseamos imitar.

Joaquín Polo
Máster en Familia

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