Educar en el silencio

Ya han comenzado las clases y ya tenemos a nuestros niños y jóvenes enfrentándose a un nuevo curso. Al asistir a la entrada de clase de cualquier colegio, vemos a muchos chicos saludándose, lo mismo que sus padres, … pero no oímos nada más que gritos, voces, risas y llantos. Normal el primer día, pero ¿y el segundo? ¿Y el tercero? Los que estamos dedicados a la docencia apreciamos que en la educación de nuestros jóvenes falta un ingrediente fundamental: el silencio.

Si vemos a un grupo de jóvenes en silencio, indefectiblemente están mirando la pantalla del móvil. Incluso en cursos superiores, el móvil impide el silencio mental, la concentración, el recogimiento, el estudio profundo. No hay silencio ni exterior ni interior (este último incluso se ignora que existe).

Pero si entramos en las familias, sólo hay silencio ante una pantalla, bien sea de televisión, de ordenador o el móvil. ¿Cuántos chicos son aficionados a la lectura y los vemos leyendo un libro en silencio? Pocos, muy pocos.

Sin el silencio no hay pensamiento propio, no hay análisis, no hay crítica, no hay concentración, no hay reflexión. Sin lo anterior, no hay criterio, y sin criterio nuestros jóvenes son marionetas en manos de titiriteros que no les valoran por lo que son, sino por lo que representan: votos.

Lo sabemos, pero no hacemos nada o hacemos muy poco. Y esa educación debe empezar en la familia. Necesitamos transmitir a nuestros hijos el valor del silencio, el trabajar sin ruido, ya sea externo o visual. Sabemos que es ir contracorriente, es cierto, pero no por ello vamos a deponer las armas antes del combate porque “es imposible”. No, no lo es. Es perfectamente posible comer o cenar en familia sin el móvil delante. Es perfectamente posible educar a nuestros hijos en el estudio sin el móvil. El problema será si somos nosotros capaces de educar con el ejemplo. Educar con el ejemplo no es una forma de educar, es la única forma de educar.

Parece un buen proyecto familiar para este curso que empieza: educar en el silencio, pero no a nuestros jóvenes, sino también a nosotros mismos.

¿Os animáis?

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