Jack el Caza Gigantes

En un reino mítico crecieron simultáneamente, pero en ambientes muy distintos, dos jóvenes valientes, imaginativos y rebeldes. Jack (Nicholas Hunt) es un pobre granjero fascinado desde niño por los libros, sobre todo por las viejas leyendas sobre las luchas entre hombres y gigantes. Esas mismas leyendas marcaron la infancia de la Princesa Isabelle (Eleanor Tomlinson), la aguerrida hija del Rey Brahmwell (Ian McShane), que no quiere casarse con el principal asesor de su padre, el intrigante Roderick (Stanley Tucci), y que ansía perderse entre sus súbditos y vivir aventuras.

Tras un fugaz encuentro fortuito, Jack e Isabelle compartirán destino cuando ella acabe prisionera en el aéreo reino de los gigantes, después de que una mágica habichuela germine accidentalmente y abra un camino para que los agresivos colosos bajen de nuevo a la tierra. Intentarán impedirlo y rescatar a la princesa el propio Jack y un grupo de soldados del rey, comandados por Elmont (Ewan McGregor), el oficial mayor del reino, al que también acompañan Roderick y su secretario Wicke (Ewen Bremmer).

Después de triunfar con Sospechosos habituales y consolidarse en Hollywood con X-MenX-Men 2Superman ReturnsValkiria, el neoyorquino Bryan Singer sale airoso del desafío de adaptar el popular cuento tradicional y anónimo deLas habichuelas mágicas.

Pesa un poco su excesivo recurso a los efectos digitales —también estereoscópicos—, así como la cierta falta de chispa —cómica y dramática—, del guión de Mark BombackDarren Lemke y Christopher McQuarrie, que se queda corto en su imitación del tono desenfadado de La princesa prometida, el romanticismo de Lady Halcón y el aliento épico de El Señor de los Anillos Las Crónicas de Narnia. Además, aunque emplea a menudo la elipsis, el hiperrealista diseño de los gigantes y su cruel violencia hacen la película poco apropiada para los más pequeños. En todo caso, Singer y el reparto cumplen, la espléndida música de John Ottman añade vigor a la constante acción, y queda así una película vistosa, entretenida y positiva en su elogio de las virtudes básicas.

El valor de los cuentos

Tras las dos versiones de Blancanieves que nos han llegado de latitudes norteamericanas últimamente, Blancanieves y la leyenda del cazador (Snow White and the HuntsmanRupert Sanders, 2012) y Blancanieves (Mirror MirrorTarsem Singh, 2012), y la aún más reciente versión del clásico de los hermanos Grimm Hansel y Gretel: cazadores de brujas(Hansel & Gretel: Witch Hunters, Tommy Wirkola, 2013), Hollywood sigue exprimiendo el filón de las adaptaciones (libérrimas, por supuesto) de cuentos clásicos para niños con esta Jack, el caza gigantes, basada en los relatos anónimos británicos Las habichuelas mágicas y Jack the Giant KillerFilón o tendencia de obediencia a una implacable lógica comercial: el tirón que en los últimos tiempos, y desde las sagas de Harry Potter y El Señor de los Anillos, está teniendo entre el gran público el cine de fantasía (mayoritariamente aquél destinado a todos los públicos, aunque no únicamente ese perfil de espectador, como así lo demuestra el fenómeno literario-televisivo de Juego de tronos) y que puede indudablemente definirse como uno de los dos grandes pilares que en lo que llevamos de siglo XIX sustentan el cine mainstream norteamericano (siendo el otro, claro, el cine de superhéroes).

De todas las películas citadas Jack, el caza gigantes resulta la más satisfactoria. Se trata de un proyecto que en realidad antecede al resto, pues se remonta a 2009: inicialmente estaba previsto que asumiera la dirección D. J. Caruso, labor que al final ha terminado recayendo en Bryan Singer. Aunque el firmante de Superman returns (2006) y Valkiria(2008) tiene últimamente mala prensa, con esta Jack el caza gigantes nos entrega una sólida, entretenida y a ratos intensa adaptación del fairy tale de referencia, una película bien escrita y estructurada, que desarrolla una premisa sencilla en la que se ponen en danza todos los lugares comunes de este tipo de relatos al mismo tiempo que se alambica una atractiva fórmula visual en la que la espectacularidad y el limpio storytelling no están reñidos.

Hay quienes abominan de las grandes superproducciones actuales en las que el concepto de la espectacularidad pasa necesariamente por la cirugía del CGI (imágenes generadas por ordenador). Pero no se trata de si esa cirugía está justificada o no (en realidad, el debate sería de mucho mayor calado, sobre la naturaleza de las imágenes en el cine en la era digital), sino de comprender que el cineasta y su equipo de colaboradores (muchos fieles, especialmente el montador y compositor John Ottman y el guionista Christopher McQuarrie) maneja esas técnicas con solvencia, talento y sana intención para celebrar la fantasía.

Tras un arranque convencional pero irreprochable, que enhebra una intriga palaciega para ajustar la presentación de los personajes y los ingredientes asombrosos (por supuesto, esas habichuelas capaces de germinar en una formidable planta enredadera que asciende a los cielos, a un mundo celestial, intermedio, habitado por gigantes), el relato progresa en su nudo por los cauces de una aventura de atractivo aroma gulliveriano, que se magnificará según los visos del espectáculo grandilocuente en el clímax final que relata el enfrentamiento abierto entre el ejército del rey y la tropa de gigantes que han descendido a nuestro mundo para reclamar su primacía.

Es precisamente esa idea motriz, la del encuentro literal entre lo humano y lo extraordinario, lo mágico, lo fantástico (la coexistencia de esos dos mundos, literal, a dos niveles geográficos, posible por obra de esas habichuelas mágicas) la que nutre la potencia expresiva y universalidad (y por tanto vigencia) del relato. Singer, bien consciente de ello, juega la baza de la explicitud como forma de evocación de ese condensado fantástico (v.gr. la secuencia decisiva en la que la primera habichuela emerge del sótano de la cabaña del tío de Jack, ascendiendo a los cielos y llevándose con ella a la princesa) y, con absoluta convicción y resultados entre lo efectivo y lo memorable, utiliza el ojo de la cámara como instrumento de constante disquisición entre esos dos puntos de vista, el humano y el prodigioso.  Disquisición que parte de tantos y llamativos contrastes (pertinentemente subrayados en esa labor escenográfica) como fructifica en no menos contrastadas señas dramáticas, símbolos y enseñanzas.

Ése y no otro es el valor pedagógico y cultural de los cuentos, mitos y leyendas (sobre el que la película incorpora un comentario metanarrativo tanto en el prólogo como en el –visualmente brillante– epílogo de la película). Así ha sido siempre y así debe seguir siendo.

Cinemanet

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