La educación del deseo. En el hogar y en la familia (I)

La manzana es la primera imagen que tenemos del deseo de saber

La manzana es la primera imagen que tenemos del deseo de saber

La semana pasada definía el deseo como un sentimiento prolongado en el tiempo, un recuerdo de una emoción positiva y alcanzable, un movimiento en busca del placer, un esfuerzo continuo y razonado por lograr una meta creíble, un misterio que persigue la felicidad, un valor anhelado…

De este modo, el primer paso que hemos de dar en la educación de los deseos de nuestros hijos es el lograr en el hogar, en la familia, un clima que genere calor humano, protección y seguridad, eso que los psicólogos llaman apego. Cuando el hijo crece rodeado de un afecto que le motiva a crecer y a hacer el bien a sus padres y a sus hermanos, cimienta una personalidad generosa, capaz de darse en todo momento, detectando las necesidades de todos los que le rodean.

En la familia no hay responsabilidades y deberes, por el contrario se vive el amor, se experimenta la entrega, nace la donación. Cuando en un hogar, en un matrimonio, se mide constantemente lo que uno hace o deja de hacer o se habla en clave de responsabilidad distribuida equitativamente entre el padre, la madre y los hijos, no podemos hablar de familia. Ese supuesto se asemeja más a un lugar de trabajo que facilite, a todos los que conviven en la casa, un entorno con pocos conflictos, como si de una vivienda de huéspedes se tratase. Se mira más bien por el confort personal que por el bien de todos.

Es cierto, en ciertos momentos del proceso educativo –entre los 4 y 7 años– se puede utilizar la técnica del reconocimiento visible de lo que le corresponde a cada miembro de la familia y su grado de cumplimiento, la conocida técnica de los “gomets” o pegatinas.  Pero ese proceso externo ha de ir interiorizándose poco a poco, de tal forma que cada uno quiera y desee construir la familia, el hogar, de forma personal y por la satisfacción interna que produce el amor, la entrega, la donación. Por el contrario la satisfacción por el deber realizado es muy loable, pero de inferior valor moral.

¿Qué puedo hacer para educar a mis hijos desde la teoría del deseo?

Ya he indicado la base sobre la que se sustenta toda educación: el amor. Y el amor, aunque en un primer momento lo percibimos como una emoción –atracción por el sexo opuesto, afecto que produce un bebé en brazos de su madre, alegría que suscita la primera vez que un hijo tiene un reconocimiento público en el colegio–, es voluntad, es querer al otro por lo que es, como es y no por lo que se desearía que fuera. Lo repito, nadie puede desear, anhelar o querer por otro; el deseo es algo personal.

De ahí que, sin duda alguna, la mejor contribución que podemos hacer a la educación del deseo de nuestros hijos parte de la identificación de los propios deseos. En este proceso conviene realizarse preguntas como:

  • ¿Qué quiero para mí?
  • ¿Qué deseo para mi cónyuge?
  • ¿Qué anhelo tengo para mi familia?
  • ¿Por qué tengo esos deseos?
  • ¿Cómo son esos deseos?
  • ¿Qué valor doy en mi vida a mis deseos?

En esta primera fase no se ha de pasar a analizar los métodos o los procedimientos. Se debe profundizar sobre las raíces, los fundamentos, en los principios, en los motivos personales que son el origen de esos deseos. Detectar, conocer e identificar aquello que nos mueve, que nos motiva, que nos alienta cada día, influyen sobremanera en las decisiones y reacciones que asumimos en nuestro hogar y que marcan el clima de familia que perciben aquellos que nos visitan.

Continuará…

Nota: Imagen tomada de aquí 

Artículo publicado por José Javier Rodríguez en Salamanca RTV al día

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