Maestro, educación y libertad

Cada 27 de noviembre celebramos el Día del maestro, festividad en la que se conmemora a las personas que de forma vocacional promueven que sus alumnos aprendan y apliquen conocimientos y conceptos prácticos que se transfieran a la vida real, personal y profesional.

La labor del maestro se mueve en el complicado, difícil y a la par aleccionador proceso de enseñanza-aprendizaje, en el que las personas activan y manejan sus propias capacidades como sujetos de esa compleja relación enseñar-aprender o aprender-enseñar, como funciones inseparables. Tarea difícil, como lo es la construcción, desarrollo y proyección de cada persona, fin de la educación y fundamento del progreso, del desarrollo y del bienestar de toda la población.

Los maestros deben permanecer comprometidos y autónomos para hacer bien su trabajo y evitar el agotamiento. El hecho de que un estudiante esté enganchado y comprometido con los contenidos de clases normalmente está relacionado con el nivel de compromiso del maestro.

El Tribunal Constitucional español afirma que “la libertad de enseñanza (…) implica de una parte, el derecho a crear instituciones educativas (artículo 27.6) y, de otra, el derecho de quienes llevan a cabo personalmente la función de enseñar, a desarrollarla con libertad dentro de los límites propios del puesto docente que ocupan (artículo 20.l.c)”.

Un educador hispanoamericano decía: “Nunca dejaremos de ser esclavos, mientras no sepamos hacernos libres por la cultura”. La educación es una herramienta capaz de sacar a la persona de su postración, de la pobreza y de la opresión, mientras que el populismo, el socialismo y todos los “ismos” que gobiernan, conciben a las escuelas como centros de adoctrinamiento.

Enseñanza vs adoctrinamiento

La autoridad del maestro se funda en su competencia profesional y ética, transmitiendo a sus estudiantes una importante dosis de seguridad en tanto la orienta a crear condiciones concretas de aprendizaje para que el estudiante construya sus conocimientos y sea sujeto de su formación. Ninguna autoridad docente se ejerce sin esa competencia. El profesor que no posea y no asuma con calidad y en serio su formación, que no estudie, que no se esfuerce por estar a la altura de su importante y decisiva tarea no tiene autoridad pedagógica para ponerse al frente y así dinamizar las actividades de la clase. El maestro debe tener una actitud abierta de servicio y atención al estudiante.

El clima de respeto que nace de relaciones justas, serias, humildes, generosas en las que la autoridad del maestro y las libertades de los estudiantes se asumen éticamente, autentifica el carácter verdaderamente formador del espacio pedagógico. El educando que ejercita su libertad se volverá tanto más libre cuanto más éticamente vaya asumiendo la responsabilidad de sus acciones de aprendizaje.

En el fondo, lo esencial de la relación entre educador y educando, entre autoridad y libertades, entre padres, madres, hijos e hijas es la reinvención permanente del ser humano, de cada persona, en el aprendizaje de su autonomía, aprendizaje que entraña la auténtica disciplina que es expresión de la libertad. Aquí radica el origen, sentido y fin de la disciplina que acompaña la formación de la persona y en ella la acción sistemática y creativa de la escuela.

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