Niños, no hagáis caso a vuestros padres

En Londres han aumentado las peticiones de cambio de sexo por parte de menores de manera masiva en los últimos años. En el curso 2009/2010, fueron 97 los niños que lo pidieron. En 2017/2018, han sido 2.519. Es decir, han crecido los casos en un 2.597%.

Estos datos han llevado a que el gobierno británico ordene una investigación para encontrar explicaciones. Sin embargo, el primero de los estudios científicos al respecto, realizado por la doctora Lisa Littman de la Universidad de Brown, ha sido censurado. Evidenciaba la influencia del entorno en la aparición imprevista de la disforia de género.

Recordemos que en Reino Unido la llamada “perspectiva de género” aterrizó en las escuelas años antes que en España, impregnando de contenidos ideológicos al respecto las enseñanzas en los centros docentes. “Visibilizar” las “diferentes identidades de género” entre los niños -a través de juegos, cuentos con cambios de sexo, charlas de colectivos no heterosexuales, etc.- haría posible la consecución de una sociedad más igualitaria, diversa e inclusiva, se creía. Si bien estos objetivos no se están cumpliendo (véanse los datos de violencia juvenil o de agresiones sexuales, por ejemplo), lo que sí se puede afirmar es que los niños tienen más confusión que antes. Más dudas sobre quiénes son ellos mismos.

Son consecuencias lógicas y, si me apuran, deseadas por quienes esparcen el mensaje “de género”. Cuanto más se ponga de moda algo entre los niños, más se “consumirá”. El objetivo está claro a estas alturas: crear un nuevo orden social, crear nuevas identidades. Ingeniería social de manual. Las trabas para este objetivo son las familias, la cultura, la tradición, las religiones… en definitiva, todo lo que pueda perpetuar el orden social existente. Por ello se ha encontrado en los sistemas educativos un caballo de Troya para saltarse así a los padres y llegar, por fin, a las mentes de nuestros hijos.

Todas estas teorías “de género” caerán por su propio peso y dejarán de estar de moda antes o después, bien por hastío de una sociedad que no quiere que le digan cómo tiene que pensar, bien porque cuando una ideología no tiene fundamentos antropológicos, científicos, médicos y sociológicos sostenibles, se muere cuando las consecuencias de su imposición ahogan a sus impositores. Cuando la realidad y el sentido común evidencian el fracaso, dicho en otras palabras. La pregunta es: ¿cuántas personas que no se aclaran sobre sí mismas podrán “fabricar” antes de que este sinsentido caiga por su propio peso?

Defendamos La Libertad

La educación afectivo-sexual no corresponde al Estado, sino a los padres. El diagnóstico de la disforia de género no corresponde a los políticos, sino a los profesionales de la salud. Las dudas sobre la identidad personal, la confusión sobre en qué consiste el propio ser, es un tema demasiado importante como para ser tratado tan a la ligera por parte de los poderes públicos.

A los hechos me remito. Y mientras, en España, ajenos a esta problemática realidad, siguen brotando de debajo de las piedras de cada Administración autonómica planes y protocolos “de género” para empezar a imponer a nuestros hijos los mismos contenidos que están fracasando en los países de nuestro entorno. Quizá el más sonado esta semana haya sido el impulsado por el gobierno navarro, Skolae, sobre todo por incluir juegos eróticos para niños de cero a seis años. Pero, tal vez por la falta de publicidad o porque pensamos que esto no va con nosotros, aún ustedes no se hayan dado cuenta de que en otras nueve (de momento) Comunidades Autónomas el asalto “de género” a la escuela ya ha comenzado.

Es necesario que defendamos con más firmeza la libertad en la enseñanza. Todos los agentes implicados: madres, padres, profesores, directores de centros, partidos políticos… La libertad para que los centros educativos sean colaboradores de las familias, la libertad para que establezcan su propio carácter pedagógico y su propio ideario, la libertad de los padres para educar a sus hijos conforme a sus creencias y valores, para elegir el centro y el tipo de educación. Y, sobre todo, la libertad frente a los intentos políticos de imponer a nuestros hijos contenidos ideológicos y antropológicos, cuanto menos discutibles, como si fuesen verdades absolutas.

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