Política en la educación

Vivimos en una sociedad auténticamente enferma. Enferma de hipocresía, de indiferencia, de miedo, de abulia, de inhumanidad, de pereza, de egoísmo, de sectarismo, de dogmatismo, de odio, de mendacidad. ¡Con razón mandó, hace ya años, Erich Fromm a la sociedad contemporánea al psicoanalista!

Somos capaces de emocionarnos con el anuncio protagonizado por un grupo de personas que tienen diversas discapacidades, que nos llevaron a las lágrimas con su extraordinaria película premiada el año pasado, llena de humanidad, y al mismo tiempo mirar para otro lado, y hasta aplaudir en el peor de los casos, cuando seres humanos portadores de las mismas discapacidades son aniquilados impunemente, considerando progresista el ejercicio de tal ‘derecho’, que no es otra cosa que la vuelta a la ley de la selva.

Hablamos de libertad y de derechos, cuando lo que hacemos es imponer los prejuicios ideológicos de los que detentan el poder -temporalmente y en virtud de determinados equilibrios de aritmética parlamentaria-. El BOE, según en qué manos esté, puede llegar a ser un arma de represión e imposición masiva. Llamamos “estereotipos” a lo que no son más que las consecuencias de la biología y la naturaleza, porque el lenguaje se puede retorcer todo lo que se quiera, dependiendo que quién sea el “amo”.

Somos capaces de llenarnos la boca hablando de consenso y diálogo, pero cuando conviene a los poderosos tiramos por la calle de en medio, y nadie protesta, quizá porque muchos piensan que es inútil, o porque otros –la mayoría- ni siquiera piensan, pues con pan y circo, y de este hay mucho, ya tienen bastante.

Viene todo esto a cuento de la nula reacción social a la imposición de una nueva –vieja, para ser más exactos- ley de educación. A la millonaria de Neguri no le ha temblado la voz al cantar las supuestas bondades de su ley. Bondades que algunos han recibido con alborozo y otros, entre mendrugos y números de payasos –que de animales ya no se hacen, por aquello de sus “derechos”-, ni siquiera han sabido que existían.

Una Ley Liberticida
Esas “bondades” vienen ahora a prohibir para la mayoría aquello de lo que la Señora Ministra se benefició en su momento a la hora de educar a las dos mujeres que el Estado puso en sus manos –pues no son “sus” hijas, como si de algunas de sus múltiples propiedades se tratara-, sino las hijas del Estado. Lo que ella eligió y las chicas disfrutaron, pues no creo que actuara en contra del interés de las menores, ya no lo podrán elegir ni disfrutar otros padres para sus hijos.

Con mucha suerte, el Estado providente les asignará a algunos alumnos una plaza escolar en un centro concertado, mientras estos duren como tales –vid. lo que va ocurriendo en Cataluña ya con algunos colegios-, que no será mucho, pues lo normal, lo natural, lo propio, de una ley liberticida es acabar con la libertad. Libertad que ya se encargó la Señora Ministra de interpretar que no emana de la Constitución, sino que es una suerte de privilegio que una parte de la sociedad ha disfrutado en detrimento de otros, o algo así. Al resto, la mayoría, les tocará una plaza en un centro público, pues eso de que hay un derecho a elegir y una libertad de enseñanza no está claro. Vivimos en un tiempo en el que ya no hace falta ser rey para decir “el Estado soy yo”; ahora cualquiera puede decirlo,

Yo decido lo que es bueno para ti, yo decido lo que es justo, lo que es justo “socialmente”. Decía Lastra, rodeada de gente que en muchos casos cuenta sus emolumentos anuales por decenas y decenas de miles de euros: “Aprobaremos una nueva Ley de Educación: No permitiremos que tenga mejor futuro el hijo –de la hija no dijo nada- de una familia acomodada que el hijo de un trabajador o trabajadora. Garantizaremos el ascensor social con la educación pública.” Demagogia en estado puro. El partido que corrompió la educación en España con la LOGSE, llevándola a mínimos históricos y al fracaso continuado en las evaluaciones internacionales, y en la mera observación de los padres.

Cómo retroceder “avanzando”
Hablan de “ascensor social” aquellos que han devaluado nuestro sistema educativo; aquellos que han provocado que autores como Ricardo Moreno Castillo, Gregorio Luri, Inger Enkvist, Javier Orrico, José Sánchez Tortosa, Alicia Delibes o Pascual Tamburi, entre otros muchos, hayan alzado su voz para defender una educación de calidad, defendiendo la escuela pública y reclamando que vuelva a tener el papel que tuvo durante décadas, cuando ni los psicopedagogos, ni los sindicalistas, ni menos aún los políticos, habían puesto sus manos y sus “ideas” sobre ella.

He intentado, querido lector, pergeñar un esbozo del marco en el que nos movemos. Nuestra escuela es hija de nuestra sociedad. Tiene todos sus vicios, todos sus pecados, todos sus errores, y también, ciertamente, alguna de sus virtudes. Si me permites la imagen, hemos marcado el terreno de juego. Ahora, en sucesivos artículos, tendremos que echar el balón a rodar. Hablaremos de los derechos y libertades amparados por la Constitución; de la única ley educativa que hemos tenido en España –pues no ha habido ocho con la de ahora, como suele decirse- que es el complejo LODE-LOGSE-LOE, parcial y tímidamente modificado por la LOMCE, que a su vez lo será ahora por la LOMLOE, para volver a lo peor de la LOGSE, que es aquello que el Tribunal Constitucional ha negado reiteradamente a los socialistas; de la asignatura de Religión y su necesaria presencia en la escuela –la pública y la concertada-; de la demanda social como herramienta, como medio y no como fin. Y hablaremos, también, de todo aquello que el Proyecto de Ley presentado no aborda, que es precisamente lo fundamental para volver a una educación de calidad.

La LOMLOE es un pasadizo que nos lleva directamente al pasado. No es política educativa, sino política en la educación. No es pedagogía, es ideología pseudocientífica. No es consenso, sino imposición. No es lo que necesitan nuestros hijos y nietos, sino lo que quieren nuestros políticos. En una sociedad enferma la educación tenía que estar, necesariamente, enferma; el multipartito, como en otros ámbitos, no quiere cuidarla, quiere aplicarle uno de sus eufemismos.

Vicente Morro
Expresidente de FCAPA

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