Pornografía, la adicción silenciosa

Esta semana la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) ha anunciado que comenzarán una campaña para prevenir a los jóvenes del riesgo que suponen las apuestas por internet y los juegos de azar. Esta adicción es de todos conocida, pero parece que el debate para que la campaña arrancara ha sido acerca de si cualquier “adicción” puede considerarse una droga. El diccionario de la Real Academia Española, en su acepción tercera, define droga como «actividad o afición obsesiva». Al parecer ahí ha estado la clave de la campaña, que arrancará con el lema «las drogas no son un juego. Las apuestas tampoco. Apuesta por la prevención».

Hasta aquí nada que objetar y aplaudimos la iniciativa que, aunque tardía, nos parece muy necesaria. Si hay que poner un pero, diríamos que la misma adicción es para el joven o para el adulto; nosotros no circunscribiríamos la campaña a los jóvenes, sino a la sociedad en su conjunto. Pero es sabido que vivimos en una sociedad que «pone tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias»: se alienta el juego con gran despliegue de medios y luego nos lamentamos de ludopatías.

Pero existe otra adicción, la «adicción silenciosa» que a nuestro juicio es más devastadora para la persona y para la sociedad que el juego: la pornografía.

La omnipresente pornografía está al alcance de niños y jóvenes, y por supuesto adultos. Nadie alerta del riesgo de destrucción de la persona y la esclavitud que supone. Es una «actividad o afición obsesiva» que cambia la visión sobre la mujer, el amor y el sentido de la sexualidad. Nadie la defiende, pero todos callan. Se ha instaurado la complicidad del consumo compartido, que todos saben que es malo pero nadie quiere ser el primero en decirlo.

Según el catedrático de Psiquiatría Enrique Rojas, la pornografía está presente en el 70% de las rupturas matrimoniales. El 70%. Ninguna otra causa (trabajo, infidelidad, economía, educación de los hijos, …) tiene tanta incidencia como la pornografía. Luego nos extrañamos del incremento de delitos contra la mujer; no son más que comportamientos aprendidos y deseos de emulación de lo que se ha presentado como “bueno y placentero para ellas”.

Por supuesto, hablamos de un negocio de una envergadura enorme (aproximadamente el 50% del negocio en internet está basado en la pornografía), lo que genera unos intereses cruzados de muy difícil denuncia pública, pero tenemos la obligación moral de hacerlo.

Sabemos que la FAD no dará el paso, al fin y al cabo dependen de ayudas públicas para sacar sus iniciativas adelante. Tendremos que ser otros lo que lo hagamos.

Denunciar el consumo de pornografía es bueno: hay que hacerlo, pero sobre todo, debemos hablar de ello a nuestros hijos y a los amigos y amigas de nuestros hijos. El silencio será nuestra gran derrota.

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