Reflexiones de un padre en apuros

No hay mayor placer para un padre, o una madre de familia, que notar que estás formando, que estás educando a un ser nuevo, nada más y nada menos que a tu propio hijo.

Y eso tiene sentido de la trascendencia, evidentemente. Tu hijo contemplará el mundo, muy influido por tu forma de ver las cosas, mayormente. Será tu heredero, desde el primer momento y se incorporará a la sociedad de tu mano.

Recién nacido

Incluso en el primer año de vida, en el que esencialmente parece que nuestro hijo solamente requiere dedicación para alimentarlo y cambiarle el pañal, podemos detectar que los hábitos que parecen mecánicos en esas tareas, tienen correspondencia y, por ejemplo, podemos notar una respuesta muy leve, que parece solamente un indicio y que notamos tras varias semanas de atención, que si nos hacemos los remolones para tardar en cambiarle el pañal, haciéndonos los despistados, para que nuestro cónyuge lo haga, nuestro hijo lo siente. Y entonces nos damos cuenta a través de amigos, o de familia cercana, con bebés de la misma edad, que tienen preferencia por quien le cambia el pañal y, de alguna manera, muestran su disgusto, o su aprecio, según el trato recibido.

No cabe duda, por tanto, de que el bebé con escasas semanas de vida, distingue y sabe diferenciar el trato recibido. Nuestras tareas con sus escasas semanas de vida y que nos parecen tan simples y tan básicas, son la enseñanza primera.

Aprende a andar

A partir de que empieza a andar, nuestro bebé, reconoce nuestra casa e interactúa con todo lo que está a su alcance, sea peligroso, o no. Reconoce los pasillos, las habitaciones y tiene una especial predilección por saltar en la cama de los padres. Nadie se lo ha enseñado, pero su instinto le lleva a disfrutar dando saltos en la cama. También toca el mando de la televisión, porque nos ve hacerlo, se sube a los sillones y, especialmente, con su corta edad, en el trato a nosotros, nos provoca, a veces con picardía, dentro de la inocencia, viendo cuáles son nuestros límites.

No se sabe por qué, pero al que se le ocurre regañar, –o hacer un simple gesto de desaprobación-, a un bebé que está empezando a andar, ante alguna fechoría que pone en riesgo su integridad física, recibe “la del pulpo”, y el común de los mortales se calla, mira para otro lado, o distrae la atención del menor, para que deje de hacer lo que está haciendo sin que sepa expresamente, que no está bien hecho. No recibe, por tanto, la información de que eso está mal.

Adolescencia

Me entra un sudor frío, cuando pienso en el papelón que tienen los padres con un hijo adolescente.

Nunca, como ahora, nuestro hijo adolescente tendría que tener una consolidada madurez ante un cóctel verdaderamente tan explosivo como atractivo, que se le presenta cada día y a cada minuto, incluso dentro de casa, con el uso de internet, principalmente.

Decir no al sexo antes de tiempo y contemplado como un impulso carente de afectividad y de madurez, negarse ante el ofrecimiento de pastillas o de porros, que te ofrecen los líderes tóxicos del colegio y a los que temes como una vara verde y que si no les muestras sumisión te harán la vida imposible, porque tienen un considerable número de escuderos y sirvientes que contribuyen al acoso. ¿Hay alguien que se atreva a plantar cara a éstas situaciones?. Lamentablemente, es bien difícil y se pueden contar con los dedos de una mano, quien no ha caído en estas redes, al menos circunstancialmente, por miedo literal y físico.

Yo todavía me acuerdo, –50 años más tarde-, de los acosadores de mi clase, y con los que promocioné varios años: Antonio y Juan, dos primos, indeseables y que me obligaron a dejar entre mis cosas una nota, para decirle a mis padres que si me pasaba algo ellos eran los culpables.

Creo que los padres de hijos adolescentes, no tienen más remedio que hacer una cosa fundamental que receta el famoso juez Calatayud: Rezar. Y lo dice con su gran experiencia diaria de tratar cada día con lo peor de cada casa. Explica también, que en el momento en el que salen de casa porque han quedado con los amigos, se abre la Caja de Pandora y puede suceder cualquier cosa. Y muchos padres, -y sobre todo las madres-, cuando de madrugada, de duermevela inquieta, escuchan el ruido de la puerta porque han vuelto los hijos, exhalan un suspiro de alivio y se persignan entre las sábanas. Tal vez, el único margen que nos queda, es que vean que serán responsables de lo que hagan para que no se olviden nunca de la formación recibida. E indudablemente, si han recibido una formación moral tibia, dudosa y sujeta a temporalidades, seguramente los riesgos serán mayores, porque riesgos, los van a tener todos.

Madurez

En el momento en el que nuestros hijos tienen trabajo y/o dejan la casa porque se casan o porque quieren vivir con independencia, tenemos el sentimiento de que no somos nadie para corregirlos y que si les decimos que hay algo que no nos gusta, tenemos el riesgo de que se alejen de nosotros. Y eso, se agrava si se casan, ya que hay otra persona que influye mucho en la relación.

No estoy completamente de acuerdo en eso. De alguna manera, creo que tenemos que decirles que no está bien que nos llamen por teléfono mientras hacen la compra en Mercadona, porque oyes las ofertas por megafonía, o te contestan de mala manera, porque están con amigos.

Pese a su independencia que tienen ganada con su esfuerzo, seguimos siendo los padres y de otra manera distinta a cuando eran adolescentes, estamos obligados a hacerlo ver que esa actitud no es un trato digno.

El papel de los padres

En mi caso personal y por si sirve mi experiencia, doy cuenta, que siempre he tenido muy claro que las reglas de juego tienen que estar claras desde el primer momento de la vida y hasta que ya no estemos, con independencia de que nos equivoquemos a veces.

Es decir, tenemos y debemos ejercer el papel de educador sobre nuestros hijos, permanentemente. En cierto modo, también tenemos un papel de “educador”, sobre las personas que nos rodean. Dice Benigno Blanco, una de las personas que más saben sobre la familia, que no debemos estar pendientes ni preocupados por arreglar el mundo en el que vivimos, la paz mundial, el hambre en África….., que es suficiente con que influyamos en las personas que nos rodean con nuestro estilo de vida, coherente y consecuente con nuestras ideas. Me duele pensar que los españoles, –o mejor dicho, una buena parte de la sociedad occidental-, tiene un pánico cerval a ser protagonista. Pero protagonista, siempre en la misma dirección.

Es decir, no entiendo que, por ejemplo, se asuma sin problema la promiscuidad de los jóvenes, con las consecuencias funestas que estamos viendo en cuanto a la ausencia de compromiso y que supone un elevadísimo número de rupturas matrimoniales y de fracasos personales, mientras que quien defiende la castidad hasta el matrimonio, –por cierto, ¿queda alguien que se atreva a defender la castidad en público?-, es tachado de retrógrado, clerical, heteropatriarcal, e incluso fascista. Constatando con estos habituales epítetos, el desconocimiento de la historia, de los pilares de la democracia, de las normas esenciales de la convivencia entre los que no opinamos lo mismo y que debería volverse contra quienes lo proclaman con el apoyo de ciertos creadores de opinión.

Conclusión

Nuestro escritor de cabecera para muchos hispano hablantes, Juan Manuel de Prada y con el que podremos estar de acuerdo, o no,  con muchas de sus posturas ideológicas que desgrana públicamente en sus artículos en la prensa, mantiene de manera insistente y sostenida, la existencia de una sociedad apesebrada, temerosa de salirse de lo “políticamente correcto” y, en manos de ciertos dictadorzuelos ideológicos que ejercen brillantemente el papel de censor, de manera pública y cruel, ante el que se desvía de su forma de ver las cosas.

Seguramente muchos de nuestros mayores, recordarán la frase de despedida de la madre, cuando salían a cumplir con el Servicio Militar: “Tu, hijo, no te signifiques”. Y el obediente hijo, durante la prestación del Servicio Militar, intentaba pasar desapercibido entre sus compañeros, realizando ingentes y astutas labores de escaqueo y disimulo, para que nadie se enterase de su existencia.

Más de 30 años más tarde de que desapareciera el Servicio Militar, parece que esa frase, que supone una actitud ante la vida, ha quedado incorporado al ADN y nos da vergüenza decir que somos católicos, que defendemos la fidelidad, o que creemos que hay que castigar a quien no cumple las normas.

Parece que el que pide justicia, se trata de una revancha y se confunde el orden de las cosas, con el espeluznante “Ni olvido ni perdono”.

Epílogo

Somos capaces de montar un espectáculo, porque no nos han atendido bien en un bar, o porque la conexión telefónica no funciona, pero a nadie se le ocurre exigir el ideario del colegio el primer día en el que inscribimos a nuestro hijo y lo dejamos todo a la buena voluntad, sin firmas y sin recibir ningún compromiso del centro escolar, salvo nuestros datos bancarios, -en su caso- y nuestro domicilio.

Creo que tenemos la obligación de mostrar abiertamente y libremente lo que no nos gusta y nuestros hijos, nuestra familia, tienen el derecho y nosotros la obligación de que distingamos el bien del mal, que es de lo que se trata.

Finalmente, lo conseguiremos, pero, no cabe duda de que entre tanto, pasaremos un mal rato.

José Luis Amat

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Utilizamos cookies de Google Analytics para analizar el comportamiento de los visitantes de la web y ver el contenido que más os interesa, también cookies de Addtoany para permitir compartir contenido. Si sigues navegando por nuestra web entenderemos que aceptas el uso de estas cookies. Más información sobre las cookies que utilizamos en nuestra Política de cookies.