¿Son los hijos un ‘bien público’?

Javier Romero Zabaleta – IFFD Papers, 1 de noviembre 2011. 04-11-2011

El principal objeto de este documento es analizar las principales consecuencias para la sociedad de la decisión de tener hijos por parte de una familia. Aunque se trata de una elección estrictamente privada para los que están implicados en ella, hay que considerar que esa opción constituye de hecho una de las acciones personales con mayores repercusiones públicas y consecuencias sociales.

Vamos a considerar, por tanto, tres aspectos de este tema:
– Costes y beneficios de tener hijos, tanto para los padres como para el Estado.
– Consecuencias para la sociedad en su conjunto: el hijo ‘bien público’.
– Análisis de las distintas perspectivas culturales en el mundo, para entender como podemos alcanzar un concepto común de ‘bien público’ que sea correcto.
El intento de explicar las causas de que ese concepto difiera tanto de un país a otro nos puede ayudar a alcanzar esa perspectiva global que permita ponernos de acuerdo en una definición. Vamos a analizar esos entornos desde la aproximación de Geert Hofstede, un influyente psicólogo social y antropólogo holandés que es conocido como pionero de grupos y organizaciones transculturales. Utiliza cinco indicadores -basados en entrevistas con grupos específicos de personas de distintas naciones en todo el mundo- para explicar cómo los diferentes grupos culturales pueden influir en la conducta de sociedades y organizaciones enteras. Aunque Hofstede los ha analizado en todos los países del mundo, vamos a simplificarlo centrándonos sólo en la explicación de lo que sucede en los países europeos.Costes y beneficios.


Existe una tendencia constante en el Primer Mundo de disminución de la tasa de nupcialidad, unida al aumento de la tasa de ruptura de relaciones conyugales. En España, por ejemplo, el número de matrimonios pasó de 216.451 en 1999 a 196.613 en 2008 (-10%). En el mismo país, el número de rupturas matrimoniales fue de 94.346 en 1999 y de 118.939 en 2008 (+26%) [1] .
¿Qué consecuencias tiene esta evolución de la conducta? ¿Cómo influye en los costes y beneficios de tener hijos para los padres y la administración?


Ante todo, la decisión de tener hijos puede motivar un ‘paso atrás’ en la carrera profesional de la madre, porque las mujeres están hoy tan presentes en el mercado laboral como los hombres. En Estados Unidos, por ejemplo, la proporción de mujeres que trabajan alcanza el 50% [2] . Sin embargo, es evidente que no supone ningún retroceso para el trabajo del padre. Aunque al principio pueda prever una cierta dificultad para conciliar trabajo y familia y que los hijos puedan suponer una cierta connotación negativa, un estudio realizado por el Boston College en 2010 muestra que la realidad resultante es justo la contraria [3] . De hecho, los padres entrevistados dijeron que se había producido un cambio radical en sentido positivo para su vida diaria, y que tener hijos les había ayudado a dar a las cosas su verdadera importancia, a establecer su propio orden de prioridades en el trabajo y la familia. Por ejemplo, explicaron que habían aprendido a reducir el tiempo dedicado a ellos mismos y a sus objetivos personales, en beneficio de una mejor gestión de su horario laboral y las relaciones con sus empleados en la empresa. Todo ello muestra que no sólo se ha producido un cambio en el rol de la mujer -con su incorporación al mercado laboral-, sino también un cambio en el rol del padre dentro de la familia. Ahora el padre está más implicado en las tareas del hogar y ambos, padre y madre, tratan de compartir sus responsabilidades, algo que debe considerarse muy positivo.
Sin embargo, los costes reales deben medirse económicamente para estar en condiciones de alcanzar ese concepto de ‘niño bien público’ y luego evaluar su éxito educativo y su desarrollo social. Como en cualquier decisión de negocios, se puede distinguir entre costes directos e indirectos. Los costes directos, por ejemplo, son los que están estrictamente relacionados con los hijos, como su vestido, comida, educación en el hogar, etc. Los costes indirectos serían la reducción de ingresos o bienestar de los padres que resulta de haber tenido hijos, lo que en los negocios se llaman ‘costes de oportunidad’. Puede incluirse además la pérdida de ingresos de la mujer que permanece en el hogar, con la consiguiente disminución de la cuantía de la futura pensión a la que tiene derecho, etc. Así como los economistas calculan la tasa de inflación, podemos calcular el coste de la crianza de los hijos con la cesta de productos que necesitan. Aunque no sea fácil medir todos los costes directos, es importante saber que el promedio está en torno al 20-30% del total de los ingresos familiares. Habitualmente, los gastos de comida son la mayor variable de estos costes, seguidos por las guarderías o cuidadoras y la educación. [4] Todos estos costes repercuten en un aumento del consumo y la inversión del país y, por tanto, en un incremento del Producto Interior Bruto (un beneficio para el Estado). Cuando una pareja decide tener hijos, se incrementa el consumo y la inversión en capital humano, además de que en algunos países el gobierno destina parte del presupuesto a políticas de atención a la infancia. Por lo tanto, los niños deben ser considerados ‘bien público’ no sólo en términos económicos -lo que no significaría necesariamente un incremento de bienestar material-, sino también por sus beneficios sociales.


Necesitamos niños, y más ahora. Las tasas de fecundidad deberían incrementarse hasta compensar el envejecimiento de la población. Parailustrar cómo un nuevo hijo puede contribuir al PIB de un país, es interesante analizar a qué sectores económicos afecta positivamente. El reciente estudio sobre el ‘Dividendo demográfico sostenible’ [5] revela los datos sobre algunos sectores económicos que han sufrido cambios por decisiones como la de dejar de tener hijos. Algunos ejemplos incluyen la alimentación, educación infantil, mantenimiento de viviendas, mascotas, juguetes, etc. Las empresas en estos sectores se ven afectadas por la protección a la familia (como Johnson & Johnson, Kellogg’s, Mattel…). Según este estudio, los sectores más afectados fueron el de las guarderías y el de los seguros personales. Además de esto, esas empresas pueden influir en la conducta económica de las parejas casadas: pueden utilizar campañas de marketing directo que defiendan la vida y la familia, y pueden invertir más dinero en proyectos de investigación y desarrollo (I+D) para introducir nuevos productos.
También es importante saber que los costes marginales de los niños tienden a disminuir a medida que aumenta su edad. Esto es lo que los profesionales llaman ‘economías de escala’ de los negocios. Hablando de costes marginales, es lógico que los padres ganen en experiencia de inversión y consumo a medida que los hijos crecen, de forma que, cuando llega otro hijo, han aprendido a gastar mejor, y así sucesivamente con los hijos posteriores.
Sabemos que los costes directos suelen ser compartidos por los padres, pero ¿que sucede con los indirectos? ¿También se comparten? Un estudio producido por la Comisión Europea [6] afirma que esos costes indirectos recaen en las madres. Como ya se ha mencionado, el papel de la mujer en el mercado laboral ha cambiado considerablemente, pero la crisis financiera que comenzó en 2008 ha supuesto un importante punto de inflexión. Las principales industrias afectadas por la crisis han sido las dominadas por hombres, mientras que aquellas donde las mujeres son mayoría han sufrido menos. Este es uno de los motivos por el que la proporción de mujeres en el mercado laboral ha seguido aumentando, aunque cuando las mujeres se dedican a criar a sus hijos tienen que reorganizar sus horarios y pueden perder sus aspiraciones profesionales y su inversión en capital humano, además de los costes indirectos que supone, por ejemplo, la pérdida de ingresos personales, el tiempo propio y todos los costes de oportunidad relacionados, que resultan difíciles de calcular.
Por otro lado, todos los costes directos e indirectos dependen de los ingresos familiares, la edad de los niños, su educación y otras circunstancias de la familia que hacen que sea difícil analizar matemáticamente los costes reales de criar a un hijo. Es evidente que este cálculo difiere según las familias y los países, pero eso no significa que deje de considerarse al hijo como ‘bien público’, porque produce una externalidad positiva derivada del hecho de que los que deciden tener un hijo no reciben la totalidad de beneficios que lleva consigo. Con el paso de los años, los niños se convertirán en contribuyentes y aportarán a la Seguridad Social y seguros médicos. ¿Qué sucedería si todas las familias decidieran dejar de invertir tiempo y dinero en criar a los hijos? ¿O si sólo eligieran hacerlo una pequeña proporción? Aparecería la figura del ‘parásito’ (’free-rider’), que se refiere a la situación que surge cuando quien consume un servicio no lo paga o no lo paga del todo. En el caso de los bienes públicos, esto conduce a la llamada ‘ineficiencia de Pareto’, que significa que la redistribución de recursos ha mejorado la situación de un individuo (en este caso, de todos aquellos que no invierten tiempo y dinero en tener hijos y educarlos), al tiempo que ha perjudicado la de otro simultáneamente y como resultado de lo anterior (en este caso, el mismo ‘bien público’, el hijo y su familia).
Más aún, hay diferentes políticas de atención de la infancia a cargo de distintos gobiernos. ¿Qué les lleva a gastar dinero en esas políticas para compensar el coste de la decisión de una familia individual como la de tener hijos? La respuesta es precisamente que para esos gobiernos, hoy más que nunca, esos niños son un ‘bien público’. Por lo tanto, los gobiernos diseñan esas políticas para compensar los costes de criar un hijo. Aunque no siempre lo consigan del todo, se consideran plenamente justificadas y representan cerca del 4% del PIB en los países donde su porcentaje es más alto [7] .
¿Qué tipo de costes hacen los gobiernos en relación con estas políticas? Las políticas y costes típicos son tanto monetarios como no monetarios, y vamos a analizarlos a continuación en diferentes países con diferentes situaciones transculturales. ¿Cómo varían en distintos países? ¿Cómo puede afectar la cultura al concepto de niño como ‘bien público’? ¿Y qué se puede decir de las políticas públicas? ¿Son las mismas en distintos lugares? ¿Nos permiten las diferencias culturales alcanzar un concepto global de ‘bien público’?

 

Entornos transculturales y políticas de atención a la infancia

La consideración de cómo nos comportamos en distintas situaciones y distintos entornos culturales es uno de los aspectos más importantes a considerar cuando estudiamos los costes y beneficios de la crianza de los hijos y de cómo tratan de compensarlos los gobiernos. Geert Hofstede, un influyente psicólogo social y antropólogo holandés, ha estudiado cómo influyen las diferentes situaciones culturales en la conducta de la gente y en la sociedad y los distintos grupos sociales. Analiza las diferencias culturales en los distintos países con sus cinco ‘dimensiones’ [8] :
– Índice de distancia al poder (’Power distance index’ – PDI), que es la medida de aceptación de la desigual distribución del poder por los miembros de organizaciones e instituciones menos influyentes (como la familia), es decir, de aceptación de la ‘desigualdad’.
– Índice de elusión de la incertidumbre (’Uncertainty avoidance index’ – UAI), que mide hasta qué punto la cultura de una sociedad presiona a sus miembros para que acojan con gusto o disgusto las situaciones de riesgo, es decir, cómo responde la sociedad a situaciones de riesgo, incertidumbre, etc.
– Índice de individualismo (’Individualism index’ – IDV), que determina el grado de integración de los individuos en los grupos, midiendo hasta qué punto el cuidado de uno mismo o la propia familia depende de sí mismo, frente a que dependa del grupo o familia extendida (que incluye los tíos, abuelos, etc.).
– Índice de masculinidad (’Masculinity index’ – MAS), que se refiere a la distribución de los roles afectivos entre géneros, que es otro aspecto fundamental para cualquier sociedad que se quiera analizar. Los estudios de IBM -donde Hofstede trabajo como psicólogo- reveló que los valores femeninos son más homogéneos en las distintas sociedades que los masculinos.
– Índice de orientación al largo plazo (’Long-Term Orientation index’ – LTO), que valora el grado en que las sociedades promueven valores pragmáticos orientados hacia futuras recompensas, en especial el ahorro, la constancia y la adaptación a circunstancias cambiantes (orientadas a largo plazo). Lo contrario son las sociedades orientadas a corto plazo, que promueven valores relacionados con el pasado y el presente, tales como el orgullo patriótico, el respeto a la tradición, el cuidado de la propia imagen y el cumplimiento de las obligaciones sociales.

Geert Hofstede ha analizado estos valores en distintos países de todo el mundo. Aunque sería interesante estudiarlos uno a uno, vamos a simplificar el modelo refiriéndonos a los países europeos (aunque mencionemos ocasionalmente algún otro ajeno a ese ámbito para hacer comparaciones). En lo que se refiere a las políticas de protección social de la familia y el menor que llevan a cabo los gobiernos -incluyendo tanto las monetarias como las no monetarias-, podemos empezar por analizar el porcentaje de PIB que se dedica a esas políticas.

Comprobamos así que los países que dedicaron más en 2005 fueron Dinamarca (3,8%), Luxemburgo (3,6%), Alemania y Austria (3,2%), Finlandia, Suecia e Islandia (3,0%). [9] Por tanto, son los países de Europa del Norte en conjunto los que más gastan.
¿Por qué sucede esto? ¿Es importante la familia en esos países? ¿Otorgan más importancia a los problemas demográficos?
Si analizamos las dimensiones de Hofstede, el ‘índice de individualismo’ es relativamente alto en esos países (entre 50 y 70) [10] , lo que significa que los individuos de esos países están menos integrados en grupos y familias extendidas. El concepto de la ‘familia extendida’ o el del hijo como ‘bien público’ no están tan generalizados y la tasa de envejecimiento en esos países es alta, lo que quizá explica que se considere lógico invertir más en las políticas familiares y de protección de la infancia dirigidas a compensar los costes de la crianza de los hijos: necesitan promover el crecimiento de la familia.

En el otro extremo, tenemos a los países que menos gastan, como España e Italia, Polonia, Malta o Portugal, entre otros. ¿Cuál es el ‘índice de individualismo’ en esos países? Significativamente inferior (en Portugal, entre 30 y 40). Es decir, en esos países los individuos están más ligado a las ‘familias extendidas’.

Aunque ahora mismo la tasa de fecundidad en esos países es muy baja, históricamente el concepto de ‘familia extendida’ está mucho más consolidado y, por lo tanto, esas políticas no son tan necesarias como en el Norte de Europa, aunque a primera vista resulte difícil explicarlo.

Pudiera parecer que los países donde los conceptos de ‘familia extendida’ y el hijo como ‘bien público’ están más extendidos deberían tener más políticas de familia y protección de la infancia, pero la realidad no es esa.

Precisamente porque están aceptados no se percibe interés en invertir en esas políticas. Por eso, hay más sensibilidad para los problemas demográficos en los países del Norte. Un ejemplo es la política monetaria del permiso parental, consistente en la ausencia del trabajo durante un tiempo del padre o la madre. Se comprueba que el gasto en este concepto es mucho mayor es Noruega (0,7% del PIB) que en España (0,2%) [11] . Y lo mismo sucede con otras políticas.
Si analizamos el ‘índice de distancia al poder’ de Hofstede, encontramos datos interesantes. La mayor parte de países del Norte de Europa tiene un valor muy pequeño, entre 10 y 30. Esto significa que los miembros más débiles de organizaciones e instituciones en esos países no aceptan ni desean que el poder se distribuya igualitariamente. Ese dato puede relacionarse con el Estado del bienestar existente en esos países, donde el Estado tiene un papel decisivo en la protección y crecimiento del bienestar económico y social de los ciudadanos, lo que se relaciona directamente con lo que ya hemos visto sobre esa desigual distribución del poder. Y eso explica que se promuevan las políticas de familia y de protección de la infancia. Esta claro que no es imprescindible tener un ‘índice de distancia al poder’ bajo para mantener el Estado del bienestar, pero la relación entre ambos es un dato de experiencia. Un valor bajo suele coincidir con un Estado del bienestar más desarrollado. ¿Y qué sucede con los demás países, como España, Italia, Polonia, Malta y Portugal? El valor es de unos 50-60 y, además, el gasto en el Estado del bienestar es inferior al de los países del Norte, lo que explica que el concepto de ‘Estado del bienestar’ esté menos desarrollado. Este gasto en el Estado del bienestar ha facilitado la entrada de la mujer en el mercado de trabajo. Así, como en los países del Norte de Europa ha sido mayor, tienen mayores tasas de empleo femenino en comparación con los del Sur. Por ejemplo, esa tasa de empleo femenino en 2010 para Islandia, Dinamarca, Alemania y Finlandia era de 77%, 71,1%, 66,1% y 66,9%, respectivamente [12]. Vamos a analizar un caso especial fuera de Europa, el de China. El ‘índice de distancia al poder’ en este país es 80 [13] . Es decir, existe un alto paralelismo entre la falta de poder en el grupo al que se pertenece con la aceptación de que el poder en general esté desigualmente distribuido, y el concepto de ‘Estado del bienestar’ no se ha desarrollado. El gasto en ese Estado del bienestar ha sido insuficiente durante más de un siglo, aunque actualmente las políticas como el reconocimiento del derecho a la pensión, al seguro médico y al seguro de desempleo se han ido incorporando progresivamente. ¿Y qué podemos decir del ‘índice de orientación al largo plazo’? Geert Hofstede sólo lo ha aplicado a algunos países y, por tanto, carecemos de información para todos los de Europa, por lo que no podemos analizarlo en conjunto. Aún así, ¿puede utilizarse para desarrollar políticas de familia y de protección de la infancia en una sociedad que envejece? Alemania y Suecia, por ejemplo, tienen un valor de 30 [14] , lo que significa que sus ciudadanos promueven virtudes que miran hacia el pasado, como el orgullo patriótico, el respeto a la tradición, el cuidado de la propia imagen y el cumplimiento de las obligaciones sociales. Por lo tanto, el concepto de ‘futuro’ no tiene tanta importancia para ellos. ¿Cuál será entonces una buena política familiar y de protección de la infancia? El informe sobre el ‘Dividendo demográfico sostenible’ [15] revela la conveniencia de promover el ahorro, especialmente entre las parejas jóvenes. Fomentar el hábito de ahorro puede resultar una política correcta y eficaz, sobre todo en los países en los que se mantiene el problema del envejecimiento. Otra política correcta puede ser el respeto al papel de la religión como ‘fuerza prenatal’. Puede darse una sólida relación positiva entre la religión y la estabilidad de familias con hijos que cumplir sus obligaciones ordinarias. Por ejemplo, hay un estudio que muestra que los alumnos de enseñanza secundaria norteamericanos que proceden de familias estables y que mantienen algún culto religioso frecuente tienen, como grupo, los resultados académicos más altos en Lengua y Matemáticas para el ‘Grade Point Average’ (nota media al terminar) [16] . Estas políticas pueden contribuir a proteger la familia, aunque no sean la solución al problema demográfico de baja fecundidad y envejecimiento creciente. Sobre el ‘índice de elusión de la incertidumbre’, puede observarse una relación negativa entre sus valores y las políticas de familia y atención y protección de la infancia. Países como España, Portugal, Polonia, Italia, Francia y Grecia tienen unos valores muy altos (entre 80 y 90) [17] , que indican que en esas sociedades -a las que podemos incluir a Alemania- los individuos rechazan el riesgo y, por tanto, estos países tienden a minimizar las situaciones de riesgo con leyes y normas estrictas, y medidas de seguridad y prevención… ¿Y que sucede con el problema demográfico? ¿Deberían darle más importancia? ¿Necesitan contar con más políticas de familia y atención y protección de la infancia? A primera vista, parece que debería ser así, si se comparan con los países de Europa del Norte que tienen un valor menor y, por lo tanto, más tolerancia a las situaciones de riesgo. Finalmente, en lo que se refiere al ‘índice de masculinidad’, podemos decir que los países del Sur de Europa son más ‘masculinos’ que los del Norte. Por ejemplo, la diferencia entre el valor de Italia (65) y el de Suecia (5) es muy grande. Esto nos conduce al gasto que esos países asignan hoy a las políticas de familia y protección de la infancia. Como se ha señalado, los gastos en esas políticas, medidos en porcentaje del PIB, son 1,2% y 3,0% respectivamente. Sería interesante analizar la relación entre el gasto en mujeres y sus deseos en aquellos países donde no tienen suficiente participación en el proceso de elaboración de decisiones.

 

Conclusiones


Como hemos visto, los costes de la crianza de hijos pueden dividirse en directos e indirectos, aunque no siempre sea fácil medirlos. ¿Qué efecto producen en una sociedad? Habitualmente, depende de su dimensión cultural, pero -aunque pueda haber diferencias de un país a otro-, los gobiernos y los ciudadanos deberían considerar al niño como ‘bien público’. Los costes de los padres producen beneficios para el Estado en términos económicos y monetarios, y los costes directos de crianza de los niños son ingresos directos para las empresas públicas y privadas.


Los costes para el Estado están relacionados directamente con las políticas que desarrollan. Deberían establecer políticas que promuevan la fecundidad hasta lograr la tasa adecuada, que los demógrafos han establecido en 2,1 hijos por mujer a lo largo de su vida. ¿Dónde estamos ahora? En los países desarrollados, la media es de 1,66 hijos.


Estas políticas deberían ser planteadas de forma que los ciudadanos comprendieran el concepto de ‘bien público’ para los recién nacidos. Deberían entender los beneficios y costes de la decisión de traerlos al mundo, y no sólo los costes privados y económicos, sino también los de carácter social, y de forma que toda la sociedad pudiera comprender lo que eso significa.


En segundo lugar, ¿es posible que todos los países coincidan en un concepto global de hijo como ‘bien público’? Hemos visto como China tiene un concepto muy distinto: el gasto en el desarrollo de políticas de familia y protección de la infancia ha sido muy bajo y, sorprendentemente, ese pequeño gasto ha sido suficiente para controlar la tasa de nacimientos. Algo así habría que tener en cuenta para los países del Norte y el Sur de Europa. ¿Pueden alcanzar un concepto común de niño como ‘bien público’? Deberían intentarlo para lograr el equilibrio de que la tasa de fecundidad alcance un valor sostenible y pueda evitarse un enorme problema de envejecimiento futuro.


Por último, debemos considerar las ‘dimensiones’ culturales de cada país. A veces, el problema del descenso de la tasa de fecundidad surge porque actuamos y pensamos sobre los hijos de forma muy distinta en diferentes países. Aunque haya circunstancias económicas y sociales que marquen diferencias en esa tasa de fecundidad en distintos países, es muy importante comprender las circunstancias culturales. Aunque hay algo todavía más importante: cualquier civilización necesita negociar el compromiso de sus valores y su cultura para asegurar su propia continuidad. Si no queremos suicidarnos, necesitamos hijos que la garanticen.


[1] ‘Estadística de Nulidades, Separaciones y Divorcios 2008’ (Instituto Nacional de Estadística, España).
[2] ‘The new Dad. Exploring fatherhood within a career context’ (Boston College, 2010).
[3] ‘The new Dad. Exploring fatherhood…’
[4] ‘The costs of rising children and the effectiveness of policies to support parenthood in European countries: A literature review’(European Commission, Directorate-General Employment, Social Affairs and Equal Opportunities, Unit E1 – Social and Demographic Analysis, 2009)
[5] ‘The Sustainable Demographic Dividend – What do marriage and fertility have to do with the economy?’ (The National Marriage Project, 2011).
[6] ‘The costs of rising children and the effectiveness of policies…’
[7] ‘The costs of rising children and the effectiveness of policies…’
[8] www.geert-hofstede.com and www.geerthofstede.nl.
[9] ‘The costs of rising children and the effectiveness of policies…’
[10] http://www.geert-hofstede.com/hofstede_austria.shtml (50 or 70 means simply a value between 0 and 100). Todos los estudios realizados por Hofstede se basan en entrevistas a distintos trabajadores y tratan de aspectos culturales. Aunque se han realizado directamente con ellos para captar el punto de vista económico transcultural, se considera posible utilizarlos para estudiar el mapa de las distintas sociedades, con el mecanismo y los sistemas de cálculo de los valores explicados en el sitio web official de Hofstede.
[11] ‘The costs of rising children and the effectiveness of policies…’
[12] Employment and Labour Markets: Key Tables – DOI:10.1787/20752342 (OECD , 2011).
[13] www.geert-hofstede.com/hofstede_china.shtml.
[14] www.geert-hofstede.com/hofstede_germany.shtml and www.geert-hofstede.com/hofstede_sweden.shtml.
[15] ‘The Sustainable Demographic Dividend…’
[16] ‘Religious Attendance, Family Structure and School Performance of U.S. High School Student’ (Family Research Council, 2010).
[17] www.geert-hofstede.com/hofstede_dimensions.php.

 

 

The Family Watch

1 Comentario

  1. Anselmo

    Muy acertada la reflexión sobre el «índice de evasión de las incertidumbres»… En las sociedades que mejor se toleran los riesgos, la natalidad es mayor. En cambio, en otras naciones, tal es el caso de España, se dictan normas y leyes que pretenden evitar el riesgo y la incertidumbre. De ahí que el indice de fertilidad no alcance los niveles del remplazo generacional.

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