Tiempo y morada

La acompañó hasta la parada del autobús bajo la bruma triste de la mañana y allí, junto a los vistosos anuncios que aparecían ahora deslucidos en la tenue luz del alba, la miró por última vez a los ojos y le dijo:

            — Te vas… Nunca podré olvidar un día como este. ¡Te vas tan lejos…!

            Ella también lo miró por última vez, frunció el ceño algo extrañada, y le preguntó:

            —Lejos… ¿de dónde?

¿De dónde? ¿Dónde está nuestro dónde? Esta pequeña historia, melancólica y terrible, que extraigo adaptada del fantástico libro Demeure, de François-Xavier Bellamy, nos hace pensar sobre la importancia que tienen los lugares, nuestros lugares, en la vida. En otro libro, no menos extraordinario, Higinio Marín define «mundo» como aquello que le pasa al espacio físico cuando es habitado por el hombre[1]. Y así es: la absurda estupidez de las piedras amontonadas se torna significativa cuando las amamos bajo la forma del hogar, cuando se convierten en parte de nuestro yo, de nuestra biografía, en un nudo central de nuestro sistema nervioso.

Antoine Saint-Exupéry, autor de El Principito y piloto en el ejército francés durante la Segunda Guerra Mundial, se jugó la vida internándose con su avión más allá de las líneas alemanas para saber si todavía estaba en pie la casa de su hermana, un viejo castillo en el que se casó con su mujer, Consuelo, y en la que había pasado tantos momentos felices con su familia. Tiempo después, en una carta sin destinatario, recordaba aquel momento y lo que supuso para él… porque podemos cambiar de apartamento, de ciudad, de país, pero no podemos reconstruir los lazos invisibles que nos unen a la realidad cuando han sido rotos por el poder. Y el poder, en nuestros días, el poder como ola cultural que nos arrastra y supera, busca romper esos lazos y, es más, evitar en lo posible que florezcan.

Mientras andamos a vueltas con la ideología, con las vacías y artificiales discusiones en las que nos sumergen los políticos para su propio interés, la ola nos lleva más y más lejos, más y más deprisa. Es la vorágine, la posibilidad de hacer más, de producir más, de ganar más, que hace ya mucho tiempo que dejó de ser una opción para volverse obligatoria.

«Lo único permanente es el cambio», versión moderna del «todo fluye» del viejo Heráclito, se convierte en el mantra que todos asumimos sin parpadear. No es solo seguir adelante, es apretar los dientes y apresurarse un poco más para adaptarse a sociedades más y más aceleradas. Adaptarse. Si todo es cambio, si mañana será distinto, si mi vida no construye un yo —porque ese yo mañana va a ser otro y tú, a quien tal vez podría amar profundamente, serás también mañana otra… o te irás corriendo… o tendré que irme…—: si mi vida, repito, no construye un yo, si mi vida no puede abrazar un concreto «nosotros» y un «dónde» también determinado, entonces carece de sentido.

 

Siempre mañana, siempre cambio, siempre más… pero es también siempre soledad, siempre vacío, siempre ansiedad. El viejo hombre árbol se apropiaba de la tierra y se volvía él mismo tierra, sabía que su cuerpo se disolvería lentamente entre los mismos terrones que ahora pisaba y trabajaba. Tierra y hombre, patria, patrimonio y familia, lo eran todo. Eran tanto, tan todo, que él mismo tampoco alcanzaba a ser yo: solo era un momento en la historia de su árbol genealógico, uno más empujando la añeja rueda de la estirpe primordial.

El nuevo hombre, el hombre virtual, no tiene tiempo, solo corre, corre tanto que deja atrás a los suyos, se adelanta a sí mismo y se vuelve como su propia sombra que, —tan paradójica es la premura—, le toma ventaja. Él va detrás, adaptándose. No crea, no. No tiene tiempo. Crear exige detenerse a saborear y admirar el lento ritmo de la realidad. Esa cadencia infraleve con la que las flores preparan y envuelven sus frutos. Es verdad que acabarán muriendo, como todos, pero alcanzando un sentido, un destino, un fin que les permite sonreírnos satisfechas antes de dejar volar sus pétalos, aunque solo sea por un instante: un instante que es completamente suyo.

Giacomo Leopardi, poeta italiano de principios del XIX, imaginaba a un joven pastor caminando bajo las estrellas en las inmensas estepas asiáticas. Bajo el manto de la noche, mirando refulgir un firmamento llameante y excesivo, nace en el muchacho la pregunta: «¿Para qué tantas luces? ¿Qué sentido tiene este aire sin fin, esta profunda serenidad? ¿Qué significa esta inmensa serenidad?… Y yo, ¿qué soy yo?»

 

Quizás él sintió que le quedaba una última oportunidad, le cogió la mano suavemente y le insinuó, esperando un milagro:

  • ¿De dónde?… De mí…

Y tal vez, solo tal vez, ella perdió aquel autobús…

[1] Mundus, de próxima aparición en la editorial Nuevo Inicio.

Marcelo López Cambronero
Autor de La Edad Virtual. Amar, vivir y trabajar en un mundo acelerado

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